Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano
Episodio 9
El pasillo del palacio olía a alcanfor y a hierro húmedo. Liria se detuvo ante la puerta de la alcoba. La demanda seguía bajo la capa, pesada como una segunda columna vertebral.
Damián esperó a su espalda. No habló.
Ella empujó la hoja. La habitación estaba en penumbra. Las cortinas corridas. Nessa había dejado un candil encendido junto al bargueño.
—No has dicho nada desde el pórtico.
—No había nada que decir.
—¿Y ahora?
Damián entró tras ella. Cerró con el pie, sin apartar la vista.
—Ahora sí.
Liria dejó la capa sobre el arcón. El pliego con el sello roto asomó un instante. Ella lo cubrió con la manga.
—¿Qué quieres de mí?
—Que no me uses.
—¿Y si te uso para sobrevivir?
—Me quedo igual.
—Eso no es una respuesta.
Damián avanzó. El candil le marcaba la mandíbula.
—Es la única que tengo. No pienso pedirte que me quieras.
La miró. El dorado de los ojos ardía bajo las cejas.
—Pero no vuelvas a acostarte conmigo como venganza.
Algo se aflojó en el pecho de Liria. No supo nombrarlo. Se llevó la mano al broche de la capa y lo soltó.
—No es venganza.
—¿Qué es?
—Elección.
La palabra quedó flotando entre los dos. Damián no pestañeó. Liria dio un paso.
—Te elijo porque no eres su sombra.
Damián la recibió con las manos quietas a los costados. Le tomó la nuca. El contacto fue lento, como si pidiera permiso con la yema de los dedos.
—Otra cosa no sabría darte.
—Con eso alcanza.
Lo besó. El cuerpo de Damián se tensó un instante. Luego cedió.
La herida del costado le arrancó un silencio corto, apenas un roce de labios. Liria no preguntó. Le deshizo el cuello del uniforme con movimientos precisos.
Afuera, el viento estrellaba la lluvia contra los postigos.
—¿La herida?
—Ya no sangra.
—¿Quieres que te revise?
—Después.
La alzó apenas. Ella se aferró a sus hombros. La espalda le crujió al contacto con la cama. Damián se detuvo encima, sosteniendo su peso sobre el brazo bueno.
—Mírame.
Liria lo miró.
—No te prometo un ducado. No te prometo que mañana no me quieran fuera.
—No quiero promesas.
—¿Qué quieres?
—Que estés.
Él cerró los ojos un segundo. Luego bajó la boca a su clavícula. La besó sin prisa.
Liria echó la cabeza atrás, con los dientes clavados en el labio inferior. No había ternura ensayada en ese gesto. Había un hambre torpe y contenida.
—Damián.
—Dilo otra vez.
—Damián.
El nombre lo desarmó. Lo sintió en el temblor del brazo que la sostenía. Lo buscó con las caderas, lo recibió con las piernas.
El dolor de la magulladura se mezcló con el roce cálido del vendaje. No hubo prisa. Las manos de Damián marcaban territorios breves en su piel.
Afuera, la lluvia arreciaba como si también descargara algo largo tiempo contenido.
Después, el silencio. Liria quedó de costado, mirando el techo. Damián respiraba despacio junto a ella. Le tomó la mano vendada con cuidado.
—¿Qué pasará mañana?
—El consejo votará.
—Lo sé.
—Rodrigo no soltará el ducado.
—No se lo pienso dar.
Damián besó sus nudillos. El gesto era seco, casi devoto.
—No me dejes fuera.
—No pienso.
Se quedaron así. El candil tembló. Alguien golpeó la puerta tres veces.
—Señora... Perdón.
La voz de Nessa sonó aguda al otro lado.
—Soraya convulsiona en el salón. Está hablando en verso.
Liria se incorporó. El cuerpo le dolió de formas nuevas y viejas.
—Voy.
—¿La herida?
—Después.
Se vistió rápido. Damián también. Salieron al pasillo. Nessa llevaba una palmatoria que goteaba cera.
—No quise interrumpir, palabra.
—Hiciste bien.
—Es que no parecía cosa de este mundo.
El salón de recibir estaba frío. Soraya se encontraba en el suelo, de rodillas, con la nuca arqueada y los ojos en blanco. La túnica gris plata recogía el temblor de su cuerpo.
Liria se acercó.
—¿Desde cuándo?
—Unos minutos. Llamé a las chicas, pero ninguna quiso tocarla.
Soraya abrió la boca. La voz salió hueca, sin signos de puntuación.
—Tres lunas, sin llanto, la espina se vuelve corona.
El verso exacto. Liria sintió el frío subirle por la espalda.
—¿Está despierta?
—No. Está en trance.
Soraya repitió la frase. Luego alzó una mano y señaló a Liria sin mirarla.
—La corona pesa menos que la espina.
—¿Qué significa?
—Lo que dice. No hay que leerlo como amenaza.
La vidente parpadeó. El trance se rompió en un suspiro largo. Quedó tendida en el suelo, con la mejilla contra la alfombra. Nessa corrió a sostenerla.
—¿Me oye, señora Soraya?
—Te oigo.
—Menudo susto nos ha dado.
—No hay susto. Hay aviso.
Damián se colocó delante de Liria. No dijo nada. Su mano rozó el pomo de la espada.
—Dámelo por escrito —pidió Liria.
Soraya alzó la cabeza.
—¿El verso?
—Sí. Quiero verlo en su letra.
—Escribiré lo que dices.
—No. Escriba lo que dijo. Palabra por palabra.
Soraya asintió con una calma antigua.
—Traeré tinta.
—La hay en el bargueño.
Nessa ayudó a la vidente a levantarse. Media hora después, el verso quedó registrado en una hoja suelta. Liria la secó con arena. Sin firmar.
—La guardo yo.
Damián extendió la mano.
—La guardo yo.
—No.
—Ducado y papel no son lo mismo.
Liria lo miró.
—No quiero que te acusen de ocultar otra carta.
Damián retiró la mano. Algo parecido a una sonrisa le rozó la boca.
—Entendido.
Un golpe seco resonó en la puerta principal.
—¿Ahora quién? —murmuró Nessa.
Un guardia asomó por la puerta del salón.
—El canciller Rodrigo Aranda pide audiencia.
Liria no se movió.
—¿A esta hora?
—Dice que es por el consejo de mañana.
—Que pase.
—Señora... —Nessa la miró con inquietud.
—Si lo dejo en la puerta, hablará con los criados. Mejor que hable conmigo.
Rodrigo entró sin capa, con el traje negro impecable. El broche de ónice brilló bajo los candiles. Se detuvo a tres pasos.
—Duquesa. Capitán.
—¿Qué quiere?
—Devolverle algo que es suyo.
Rodrigo sacó de la manga un anillo de oro. Lo puso sobre la mesa, con una suavidad de prestamista.
—El anillo de compromiso de mi familia. Quedó en mis manos.
Liria no lo tocó. Un olor a almendras amargas se alzó desde el metal, tenue, inconfundible.
—No es mío —dijo.
—Lo fue.
—Nunca se me entregó.
—Propongo que lo acepte como muestra de buena voluntad.
—No hay voluntad que aceptar.
Rodrigo sonrió.
—¿Ni por el consejo?
—El consejo votará. Y sabrán lo que usted es.
—Será.
Rodrigo dio un paso atrás. La mesa quedó entre ambos como un escenario vacío.
—¿No va a tomarlo?
Liria miró el anillo. El olor la mareaba apenas.
—No.
—Lo dejo. Un criado lo retirará si no le place.
Se volvió hacia la puerta. Damián bloqueó el paso.
—No tocarás a mis criados.
—¿Me prohíbes salir?
—Te prohíbo dejar basura en esta casa.
Rodrigo entornó los ojos. La sonrisa seguía intacta.
—¿Y si la duquesa quiere conservarlo?
—Quiero.
Las dos miradas cayeron sobre ella.
—Como prueba.
Liria se inclinó. Tomó el anillo con la mano vendada. El filo de la joya le mordió la palma sana. Un hilillo de sangre oscura brotó. No soltó el metal.
—El capitán lo custodiará.
Rodrigo asintió, cortés.
—Hasta mañana, duquesa.
Salió. La lluvia lo devoró en el umbral.
Damián ya tenía un pañuelo.
—Suéltalo.
—No.
—Liria.
La sangre goteaba sobre la mesa. Nessa corrió con un lienzo limpio.
—Hay que ver esa mano.
—Después. Primero, una caja con cierre y sello.
Damián encontró una de metal, pequeña, en el bargueño. Liria depositó el anillo dentro. La sangre quedó en el fondo, junto al oro.
—Sellada. Y al cofre.
—Yo la guardo —dijo Damián.
—Hazlo.
El capitán cubrió la caja con un trapo oscuro. Luego miró la mano de Liria.
—Que te curen.
—Ya voy.
Nessa la llevó al banco del salón. Rompió un lienzo limpio en tiras. La palma sangraba, pero Liria mantenía la mirada fija en la puerta.
—Te va a escocer —avisó Nessa.
—No importa.
—Ya. Los refranes de tu abuela y todo eso.
Nessa limpió la herida con agua y esencia de hiedra. Liria apretó la mandíbula. El escozor le trepaba por el brazo como una rama viva. Nessa levantó la vista.
—¿Lloras?
—No.
—No, ya veo.
Nessa siguió frotando. Su voz salió baja.
—La mana te desfigura, no te frena.
—Nessa.
—¿Qué?
—Cierra la boca y termina.
—Sí, señora.
Cuando acabó, el agua del cuenco se veía roja. Nessa miró la cara de Liria una vez más. Sin lágrimas. Ni brillo. Ni parpadeo.
No dijo nada. Guardó la observación como una aguja entre la ropa.