FeverStory

Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano

Episodio 10

El agua del cuenco seguía roja sobre el banco. Nessa no la retiró de inmediato. Fingió ordenar las vendas para quedarse un instante más cerca, con aquella observación clavada en el pecho como una aguja.

—Ya está.

Liria se puso de pie junto a la mesa del estudio. El salón de recibir del palacio ducal olía aún a cera, a la lluvia que no terminaba, al alcanfor de los pasillos. Afuera la noche se comía los postigos.

—No me mires así.

—¿Así cómo? —Nessa recogió el lienzo manchado.

—Como si esperaras que me rompa.

—Solo miro. Bastante has aguantado.

Liria extendió la mano vendada hacia el tintero.

—Aguantar y no romperse no son la misma cosa.

La tinta se mezcló con el temblor mínimo de sus dedos. Redactar una petición era simple. Redactarla sin firma real, citando de memoria una carta que no existía en sus papeles, era otra forma de apostar el cuello. Se detuvo, la pluma suspendida.

—Dispensa, consorte y heredero —dijo en voz baja.

—¿Eso viene de la carta esa que no tienes? —preguntó Nessa.

—De la copia que vi. Antes del derrumbe.

—No la tienes. La retiraron.

—Por eso la escribo ahora. El derecho no depende del papel. Depende de la memoria.

Nessa dejó las tijeras con cuidado.

—Señora, citar un papel que no aparece es como acostarse en el borde. ¿Y si mañana preguntan de dónde lo sacas?

—Que pregunten.

Damián apareció en el umbral. Traía el uniforme mojado y la caja metálica bajo el brazo. Se detuvo sin decir nada, los ojos oro fijos en el pliego.

—La petición va sin firma —dijo Liria sin volverse—. Firma real no pedida.

—Yo busco la copia.

—Cedo mi custodia ante el notario —contestó él—. Si existe, esta noche la recupero.

—¿Esta noche? —Nessa se secó las manos en el mandil—. Está lloviendo.

—No importa.

—No, no importa. Lluvia, tinta, humores... Total, dormir tampoco.

Liria tendió el pliego.

—La llevas tú. Que conste en el archivo real. Nada de hombres escondidos ni de copias de segunda.

Damián tomó la petición. Los guantes crujieron.

—Volveré.

—Mejor. Con ella.

Nessa se mordió la lengua al verlo salir. A la mañana siguiente, el agua seguía corriendo por las gárgolas cuando Damián se presentó en el archivo del palacio real. El notario Vela despachaba junto a un ventanuco con la pluma sin mancha y el aire de quien nunca ha perdido un expediente. Lo recibió sin levantar la vista.

—Capitán Aranda. Hora temprana.

—Necesito autorización de búsqueda.

—Para buscar, hay que saber qué.

—Una copia sellada de carta real. Cláusula de dispensa y sucesión.

—¿Existe?

—Sí.

El notario se puso de pie, lento como un maestro de sala. Colgó una llave del cinto.

—Llave de hierro, archivo real. Firmará recibo. Si no aparece, constará que la ha buscado.

—Que conste.

Bajaron por una escalera de caracol. El archivo olía a cuero, a estantes mojados y a incienso barato. Vela pasó el dedo por los cartapacios sin prisa, hasta detenerse en una fila de cajas forradas de negro.

Sacó una. Sobre la tapa, el sello de lacre verde... partido.

—Aquí está.

Damián tomó la copia. No la abrió delante del notario. Solo leyó el lomo con el nombre del rey.

En la primera hoja, la letra de la cancillería. «Dispensa, consorte y heredero». Su hermano la había retirado del archivo ducal; la copia sellada seguía en su lugar. Una sonrisa delgada le tocó la boca.

—Firme el recibo —pidió Vela.

Damián firmó. Guardó la copia forrada en paño. Notario Vela anotó en un libro de salidas.

—Avisaré al consejo real del hallazgo.

—Mejor. Que nadie mueva nada.

De vuelta al palacio ducal, la lluvia arreció. El pasillo de la torre se veía frío, con velas traqueteando. Entró en el estudio sin quitarse la capa.

Liria hablaba con Nessa en voz baja. Sobre la mesa, la petición sin firma. El borde del papel temblaba con la corriente de aire.

—Llegas con la cara de quien ha encontrado algo —dijo Liria.

Damián dejó la copia sobre la mesa, junto a la petición.

—No la abras aún —dijo ella con suavidad.

—La he abierto ya.

—¿Y bien?

—Existe. Cláusula completa. Vale.

Rodrigo irrumpió antes de que Nessa pudiera guardar el paño. Entró con el vestido de canciller mojado, el broche de cuervo brillando. No llamó a la puerta. Traía un pliego en la mano diestra, apenas salpicado por la lluvia.

—Hermano. Duquesa. Qué mañana tan productiva.

—¿Qué quieres? —Damián se interpuso sin alzar la voz.

—Nada que no sea justicia. Traigo un testimonio. Un espía jura que la duquesa citó la carta oculta antes de que nadie pudiera verla. —Rodrigo dejó el pliego en el aire—. Pura adivinación.

—Calumnia.

—¿Calumnia? La cláusula de esa carta estaba oculta. Ella la citó en esta casa. Anoche.

—Yo cité lo que se habla en mi consejo. La memoria es mía.

—La memoria no basta. El futuro, en cambio...

El anillo de oro de Rodrigo cayó sobre la mesa, con un golpe seco. El borde del testimonio se rasgó. Un olor tenue a almendras amargas subió del papel. Nessa dio un paso atrás. Liria, en cambio, alzó la barbilla.

—¿Va a arrestarme con un pliego mojado?

—No es mojado. Es prueba.

Damián deslizó la copia real fuera del paño.

—Aquí está la copia sellada. Léela.

Rodrigo la miró como si le hubieran escupido en los guantes. Notario Vela apareció en el umbral, avisado por el hallazgo. El canciller intentó recomponerse.

—He dicho que pediré nulidad.

—Pídelo.

—Por hechicería.

Liria sujetó la petición sin firma. No tembló. Sus ojos gris acero se clavaron en Rodrigo.

—Hágalo. A ver quién se queda sin sombra.

Rodrigo rasgó el testimonio con el anillo y lo dejó caer en dos pedazos. El olor amargo se extendió por la sala. Nessa no dijo nada, pero sus ojos se fueron a la cara de Liria.

Ni una lágrima. Ni un brillo. Como la noche anterior.

Notario Vela tosió.

—Eso constará en acta.

—Que así sea —dijo Rodrigo, con una sonrisa idéntica a la de los días de contrato—. La audiencia será un placer.

—Un placer breve —respondió Liria.

Rodrigo giró sobre los talones. La lluvia devoró sus pasos. La puerta quedó entornada. Damián se acercó a Liria.

—No ha tocado la copia.

—No. Falta la firma del rey. Y ya no me importa la demora.

—Aguantas.

—Aguanto.

Nessa apretó los labios. El agua del cuenco, vacía ya, seguía pareciendo roja. El dolor iba por dentro. Y la espina, pensó Liria, crecía en silencio, como corona sin corona.

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