FeverStory

Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano

Episodio 11

—Que pase el perito.

La voz del rey Alarico cayó sobre la Sala de Audiencias Reales como una losa. Liria no se volvió. Sintió en la nuca el peso de las miradas de la corte. Damián se mantenía un paso atrás, con la copia sellada contra el pecho, los nudillos blancos bajo los guantes.

—Comparezca el maestro Berenguer, perito de cera y metal —anunció el ujier.

Rodrigo alzó la barbilla. Su sonrisa seguía intacta.

—Majestad, la defensa ha citado una carta que no estaba en el archivo ducal. Antes de someterla a examen, conviene preguntar cómo la obtuvo.

Liria se adelantó. La petición sin firma crujió al plegarse en su manga.

—Está sellada. Eso la hace legítima. O ¿el canciller duda del sello real?

—Dudo de quien la cita sin registro.

—Registro hay. lo saben el archivo y el notario. —Basta —cortó el rey—. El perito examinará la copia y el pliego que el canciller rasgó.

El maestro Berenguer era un anciano seco, con lentes de aumento en la punta de la nariz. Extendió la copia real sobre un paño limpio y acercó el pliego con la marca del anillo de Rodrigo. Un silencio espeso llenó la sala. El perito inclinó la cabeza.

—La microabrasión del pliego huele a almendras amargas, majestad.

Rodrigo endureció la mandíbula. El rey se inclinó.

—¿Y el bisel del anillo?

Berenguer alzó el anillo que Rodrigo había retenido en la mesa del estudio. Lo giró bajo la luz.

—Coincide. El surco del pliego encaja con el filo. No hay otra joya en esta sala capaz de dejar esa marca.

Las voces se alzaron como una marea. Rodrigo extendió la mano hacia el perito.

—Majestad, protesto. Ese anillo ha estado fuera de mi poder esta mañana. Pudo manipularse.

—El anillo no se ha soltado desde que entró en esta sala —dijo Damián.

—Lo sabes tú. El capitán de la guardia real. ¿Curiosa coincidencia, no?

Liria sonrió sin calor.

—Lo saben los tres ujieres que lo custodiaron. Pregúnteles, canciller.

Rodrigo acarició el dorso de su guante izquierdo. El rey alzó una mano.

—Silencio. La objeción se registra. Que siga el perito.

Berenguer depositó el anillo junto al pliego. Sobre la mesa, el cuarzo ahumado de Damián no era visible. El olor amargo se extendía desde el bisel.

—El veneno noble se adhiere al metal al contacto. Quien tocó este pliego con el anillo dejó la firma de la ponzoña.

La corte contuvo el aliento. Rodrigo abrió la boca, pero el rey lo detuvo.

—¿Algo más?

—No, majestad. El examen concluye.

Liria quedó en su sitio. El corazón le golpeaba las costillas. Damián se movió antes de que el rumor tomara forma.

—Majestad. Tengo una prueba sobre el anillo gemelo.

El rey asintió. Damián se quitó el guante izquierdo con calma. El antebrazo desnudo mostró una cicatriz en forma de media luna, rugosa y pálida.

—Me la hizo al arrebatar la joya gemela. Estaba caliente. Demasiado para un anillo. Había tocado ponzoña.

Rodrigo palideció una fracción.

—También pudo quemarse con un hierro, capitán.

—No es hierro. El perito puede distinguir la marca. Que la examine.

El rey ya no miraba a Rodrigo. Observaba el brazo de Damián con la cabeza inclinada.

—Perito.

Berenguer se acercó. Tomó la muñeca de Damián con dedos ligeros y pasó la lente por el tejido cicatrizado.

—Coincide con una quemadura por contacto con metal caliente y residuo venenoso. Es compatible con el anillo que tenemos en la mesa.

Rodrigo se quedó quieto. El rey alzó la barbilla.

—Canciller Aranda, queda retirado el uso de la palabra.

—Majestad, mi testimonio sigue pendiente.

—No ahora.

La voz del rey no admitía réplica. Rodrigo se quedó de pie, sin moverse. El color volvió de golpe a sus mejillas. Solo el guante izquierdo tembló un instante, pero volvió a posarse inmóvil junto a su costado.

—Se decreta un receso —anunció el rey—. Alguien traiga agua para la duquesa y su criada. Que nadie hable con el perito ni altere la mesa.

Nessa salió por la puerta lateral. La antesala olía a cera y a humedad. No se oían pasos en el pasillo. Llenó un vaso de agua del aguamanil con manos torpes y se detuvo un instante. El agua temblaba en el borde.

—La criada que no llora por su señora.

Nessa se giró. Rodrigo apareció a dos cuerpos de distancia, con la espalda contra la puerta cerrada. La luz de la antesala le daba a los ojos verdes un brillo de moneda fría.

—Su señora no llora por nada. Ni con la mano abierta. Esa es la clase de señal que el Templo investiga en mujeres sin lágrimas. Una pena para la duquesa. Y para ti, si quedas a su lado.

Nessa no soltó el vaso.

—No sé de qué habla, señor canciller.

—Sabes de qué hablo. También sé quién es tu padre. El barón de Loa te reconoció en una carta sellada. Imagina el costo para la duquesa: la criada bastarda y la señora sin llanto, juntas. La corte no perdona dos miserias a la vez.

El miedo subió por la espalda de Nessa como agua helada. La carta. El barón. Aquella carta que escondía en el manto. Rodrigo dio un paso.

—Solo tienes que declarar que la duquesa citó la carta oculta sin registro. Debilitar un testimonio. Nada más.

Nessa levantó la barbilla. La voz le salió aguda, pero firme.

—Antes me corto la lengua.

Rodrigo inclinó la frente.

—Piénsalo mejor.

—Ya lo pensé. Usted no es mi señor. No tengo nada que decirle.

Nessa giró sobre los talones y volvió a la sala. La espalda le ardía. A mitad del pasillo notó el paquete diminuto bajo el mandil. La carta del barón de Loa. La apretó con la mano libre, sintió los bordes doblados.

Al entrar en la Sala de Audiencias Reales, la corte empezaba a tomar asiento. Nessa fue directa hacia Liria. Le puso el vaso en la mano y, sin mirarla, le deslizó la carta bajo la manga.

—Tómela, señora. Ya no quiero esconderla.

Liria entrecerró los ojos. No preguntó. Abrió el papel lo justo para ver el sello del barón.

—¿Es tuya?

—Mía. Entera.

Liria alzó la voz. El rey volvía al estrado.

—Majestad. Antes de continuar, pido incorporar este documento.

El rey se detuvo.

—¿Qué contiene, duquesa?

—Prueba de que Nessa, mi criada, es hija reconocida del barón de Loa. No es una sirvienta sin nombre. Es mi familia elegida y testigo creíble. Si el canciller la amenaza para enredar mi testimonio, este papel deshace la amenaza.

Rodrigo abrió la boca. El rey lo alcanzó con la mirada.

—No tiene palabra, canciller. La criada ha vuelto de la antesala, visiblemente alterada. No creo en casualidades.

—Majestad, es una acusación sin prueba.

—Tengo su palidez, su prisa y la carta que se negó a quemar. Para mí vale.

El rey tomó el documento. Lo abrió y lo dejó sobre el pliego con microabrasión. El anillo quedó en custodia real junto a la carta y la copia sellada.

—Se admite. Rodrigo Aranda quedará bajo custodia hasta el juicio final.

La sala estalló en cuchicheos. Rodrigo no se movió. Los guardias se acercaron por los lados. Fijó los ojos en Liria.

—Esto no se acaba aquí.

—Lo sé —dijo Liria—. Se acaba en el juicio.

El rey alzó el acta.

—Se fija el juicio final para la próxima sesión de la corona. La duquesa conserva su posesión. El canciller queda retenido.

Rodrigo miró su mano sin anillo. Cerró el puño. Los guardias lo tomaron del brazo y lo condujeron hacia la salida. Liria sostuvo la carta de Nessa contra su pecho. El corazón le latía lento, como un tambor lejano.

Nessa se pegó a su flanco.

—Señora. Gracias.

Liria le tomó la mano, sin apretar. La herida de la suya seguía vendada. No se le movió un solo músculo.

Afuera, la lluvia había cesado.

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