FeverStory

Juramentos de hielo

Episodio 1

La puerta se abrió sola antes de que nadie llegara a tocarla. Aun así, Aveline empujó a Liane detrás de su cuerpo.

La escarcha brillaba sobre las piedras de la garita de Aguja Negra. El sol de media mañana atravesaba el arco, blanco y delgado. Cora Vane esperaba bajo la entrada con un tubo de cuero en una mano enguantada. Dos guardias la flanqueaban. Su aliento se alzaba en vaho contra el frío.

—Aveline Veyne, por orden imperial, usted y su hermana quedan bajo custodia por la Traición de Saltmere. —Cora desenrolló el pergamino. El sello relampagueó rojo al pie del documento—. La casa sigue proscrita. Ningún registro las protege.

Los dedos de Liane se clavaron en la capa de Aveline.

—Ava.

Aveline no volvió la vista.

—Quédate quieta.

—La muchacha será separada —dijo Cora—. No lleva la sangre de la línea del Guardián. La orden la nombra solo como dependiente.

—No se la llevarán. —La voz de Aveline salió plana—. Tiene veinte años. Es legalmente adulta. Y está bajo mi protección.

Cora sonrió sin calor.

—¿Protección de qué, exactamente? Su nombre está confiscado. No posee nada. No comanda a nadie.

Un guardia dio un paso al frente. Aveline empujó a Liane por completo detrás de ella y plantó las botas. El frío le mordía las suelas gastadas.

—Soy la última descendiente disponible de la antigua línea del Guardián —dijo—. Mi sangre puede renovar la barrera del norte en el solsticio de invierno. Encarcélenme y perderán el Rito de la Escarcha. La barrera caerá. El Norte caerá.

El guardia se detuvo. La sonrisa de Cora se afiló.

—Esa afirmación exige pruebas.

—Las pruebas están en el registro del Archiduque —respondió Aveline—. ¿O acaso Aguja Negra ya no conserva documentos?

Una puerta se abrió al otro lado de la garita. Rian Varenne salió con Oskar Kell al hombro. Abrigo de lana negra. Puntas de plata en el cuello. La mano izquierda enguantada, como siempre. La derecha desnuda, con el anillo de hierro atrapando la luz.

—La duquesa Veyne tiene razón. —Su voz no mostró esfuerzo alguno—. El registro recoge su línea materna. Lo he verificado.

Cora se giró hacia él lentamente.

—Excelencia. Esto es una orden imperial. La capital no necesita su verificación.

—La capital necesita una barrera en funcionamiento. —Rian se detuvo a tres pasos de Aveline. Sus ojos gris pálido la recorrieron una vez y se posaron en Cora—. Arrestarla es mal momento.

La mano de Cora se detuvo sobre el pergamino. La punta del índice seguía tocando el sello de cera imperial, como si quisiera atravesarlo.

—El momento lo ha elegido el Emperador —dijo—. Sería prudente que no lo obstaculizara.

—No hay obstáculo.

Rian se quitó el guante derecho con un gesto lento. Oskar, sin que nadie se lo pidiera, sacó un libro de cuentas que llevaba bajo el brazo y lo abrió sobre la mesa.

—Una propuesta —anunció Rian.

El pecho de Aveline se cerró de golpe.

—¿Qué propuesta?

Rian no giró la cabeza del todo. Solo lo suficiente para que ella viera la cicatriz de escarcha que le subía por la mandíbula.

—Matrimonio. Catorce meses. El registro restituye la Casa. Su hermana queda bajo protección de Aguja Negra.

Las palabras cayeron como piedras sobre hielo. Detrás de ella, Liane dejó escapar un sonido pequeño, casi un jadeo. Aveline mantuvo el rostro inmóvil.

—¿Y a mí qué me obliga?

—El contrato. Sellado por Notario Imperial y testigo mago. Escritura de plata. Marca de juramento en la muñeca izquierda si hay incumplimiento.

Hizo una pausa mínima.

—No exige amor. Ni intimidad física. Ni falso testimonio.

—¿Y el Rito de Escarcha?

—Se celebra en el solsticio de invierno. Si tiene éxito, el contrato termina antes.

La mirada de Rian no se apartó de ella.

—Eso ya lo sabía antes de pronunciar las palabras.

Aveline ni siquiera parpadeó.

—¿Qué protege a Liane?

—El registro de la Casa. Restitución completa. Vuelve a ser heredera legal. Aguja Negra la custodia como pariente por matrimonio.

Cora apretó la mandíbula.

—Su Excelencia, esto es irregular. Una orden de arresto no se responde con una propuesta de matrimonio.

—Sí se puede —Rian se volvió hacia ella—. Si la propuesta responde a la premisa de la orden. La Casa caída en desgracia se restituye en el instante en que el contrato se sella. El agravio imperial desaparece.

—Entonces permítame notarizarlo como es debido.

Cora soltó el estuche de la pluma y lo abrió con un chasquido seco.

—Si insiste en esta farsa, me aseguraré de que cada cláusula sea exacta.

El testigo mago entró por la puerta lateral de la caseta de guardia. Era una mujer delgada, de túnica gris y fajín negro. Llevaba un pequeño brasero de hierro del que ya brotaba una llama azul de escarcha y un humo pálido. Los guardias retrocedieron. Las culatas de las picas arañaron la piedra.

Oskar acercó el libro de cuentas.

—Si Su Excelencia la Duquesa expone primero sus condiciones, podremos dejarlas anotadas con claridad.

Aveline lo miró. Ojos amables en un rostro atento. Pensó en la carta a medio quemar que llevaba dentro de la capa. En la marca de cera apenas visible que se había negado a examinar. En la presión fría del fuego viejo contra sus costillas. No la tocó.

—Lo quiero por escrito —dijo—. La protección de Liane. Mi rechazo a cualquier anulación anticipada antes del Rito. Y la reclamación de sangre de los Guardián registrada como hecho, no como moneda de negociación.

Rian asintió una sola vez.

—Anótelo.

Oskar mojó la pluma en el tintero y empezó a escribir sin prisa. El rasguido de la punta sobre el papel era el único sonido en la sala, aparte del crepitar quedo del brasero.

—¿Su Excelencia desea que se lea en voz alta antes de sellar? —preguntó Cora.

—Se leerá todo —dijo Aveline—. Cláusula por cláusula.

Liane se acercó un paso. Aveline notó el temblor en su manga, pero no se giró.

—Aveline —murmuró Liane—, no tienes que hacer esto.

—Sí tengo.

La voz de Aveline salió más suave de lo que esperaba.

—Y lo hago.

Rian observaba la escena sin intervenir. El brasero teñía de azul un lado de su cara, y la cicatriz parecía arder con luz propia.

—¿Hay algo más, señorita Liane? —preguntó Oskar sin levantar la vista del libro.

Liane negó con la cabeza. Tenía las manos entrelazadas con fuerza, los nudillos blancos.

—Entonces procedamos.

Cora se inclinó sobre el libro de cuentas y repasó las primeras líneas con el ceño fruncido.

—Falta la cláusula de residencia —dijo—. Si la señorita Liane queda bajo protección de Aguja Negra, debe especificarse dónde vivirá y bajo qué autoridad.

—En el Torreón —respondió Rian—. Habitaciones separadas. Personal de la Casa. Acceso restringido solo por orden mía o de la Duquesa.

—¿Y si la orden de arresto se reactiva? —Cora no levantó la cabeza—. ¿Quién responde?

—Yo —dijo Rian.

—¿Ante quién?

—Ante la Mesa del Imperio.

Cora dejó escapar un suspiro corto, pero siguió escribiendo.

—Muy bien. Añado también que la restitución de la Casa Guardián se inscribirá en el Archivo de Saltmere en un plazo no mayor a tres días tras el sellado.

—Que sean dos —dijo Aveline.

Cora alzó la vista.

—¿Perdón?

—Dos días. Si el Imperio quiere mi firma, que el Imperio se mueva con rapidez.

Hubo un silencio tenso. Oskar miró a Rian, que asintió.

—Dos días —repitió Oskar, y lo anotó.

El testigo mago se acercó a la mesa. La llama azul del brasero se estiró hacia ella como si la reconociera.

—El juramento se sellará con sangre y escarcha —dijo la mujer—. Necesitaré las muñecas de ambos.

—Aún no —dijo Aveline—. Primero quiero oír el contrato completo.

Cora terminó de escribir la última línea y giró el libro hacia el centro de la mesa. Se aclaró la garganta.

—Leo.

Y leyó. Cláusula por cláusula. La restitución de la Casa Guardián. La protección de Liane. El plazo de catorce meses. La marca de juramento. La ausencia de obligaciones íntimas. La residencia en el Torreón. La jurisdicción de la Mesa del Imperio. La reclamación de sangre de los Guardián registrada como hecho histórico y legal. El Rito de Escarcha en el solsticio. La anulación anticipada solo por éxito del Rito.

Cuando terminó, la sala quedó en silencio.

Aveline miró a Rian.

—¿Lo acepta?

—Lo acepto.

—Entonces extienda la muñeca.

Rian se arremangó la manga izquierda sin apartar la vista de ella. El testigo mago sacó un punzón de plata del fajín. La llama azul se reflejó en el metal.

—Será breve —dijo la mujer—. Pero arderá.

Aveline extendió el brazo izquierdo. Rian hizo lo mismo. Las dos muñecas quedaron una junto a la otra sobre el libro abierto, casi tocándose.

—Repitan conmigo —dijo el testigo mago—. Por sangre y escarcha, por sello y ceniza, juro cumplir lo escrito.

—Por sangre y escarcha, por sello y ceniza, juro cumplir lo escrito —dijeron los dos al unísono.

El punzón bajó. Primero sobre la muñeca de Rian, luego sobre la de Aveline. Un pinchazo seco, mínimo. La llama azul del brasero se alzó un instante y lamió las heridas. Aveline sintió un frío tan intenso que le subió por el brazo como una aguja de hielo. Luego desapareció.

En su muñeca izquierda quedó una marca pálida, como una quemadura de escarcha. Rian tenía una idéntica.

—El contrato está sellado —anunció el testigo mago.

Cora cerró el libro de cuentas y lo levantó con ambas manos.

—Lo presentaré ante el Archivo de Saltmere antes del anochecer. Y que los dioses se apiaden de todos nosotros.

Se guardó el libro bajo el brazo y salió sin esperar respuesta. Los guardias de la caseta se apartaron a su paso.

Liane se acercó por fin a Aveline. Le tomó la mano derecha con cuidado, como si temiera romperla.

—¿Estás bien?

—Sí.

Aveline miró la marca en su muñeca. No dolía. Eso era lo peor.

—¿Y ahora qué? —preguntó Liane.

Rian se ajustó el guante derecho. El gesto era meticuloso, casi ceremonial.

—Ahora nos vamos al Torreón.

Oskar recogió el brasero del testigo mago y lo cubrió con una tela negra. La llama azul se apagó sin ruido.

—Su Excelencia —dijo Oskar—, la escolta está lista en el patio.

—Bien.

Rian se volvió hacia Aveline.

—¿Algo más antes de partir?

Aveline pensó otra vez en la carta. En la marca de cera contra sus costillas. En todo lo que aún no había dicho.

—No —respondió—. Nada más.

Pero no soltó la mano de Liane. Y cuando cruzaron la puerta de la caseta hacia el patio empedrado, la nieve había empezado a caer otra vez, fina y silenciosa, como si el Norte entero contuviera la respiración.

Cora alzó la vista del pergamino.

—Escudos frágiles, duquesa. Pero escudos al fin.

Liane salió de detrás de Aveline. Tenía la barbilla erguida, aunque las manos le temblaban.

—¿Y si muere en el Rito? ¿Qué pasa entonces?

La maga encendió el brasero. La llama brotó pálida y silenciosa.

—Entonces el contrato termina —respondió Rian—. Y la Casa Veyne queda restaurada de todos modos. La muerte no anula un registro sellado.

Liane abrió la boca. La cerró. Buscó a Aveline con la mirada.

—Es suficiente —dijo Aveline en voz baja.

—Su Gracia. —La voz de Cora cortó el aire—. El contrato exige prueba de edad para el juramento vinculante. Ambas partes deben declararla ante testigos.

Se giró primero hacia Aveline.

—Declare su edad.

—Veintiséis —dijo Aveline. Las palabras salieron secas y frías.

—¿Y usted, archiduque?

—Treinta.

Rian extendió la muñeca izquierda. La enguantada.

—Proceda.

La maga desenrolló el contrato. Una escritura plateada apareció mientras Cora leía cada cláusula en voz alta. El pergamino centelleó una vez y se asentó.

Cora presionó su sello contra la cera. La maga trazó una línea de escarcha en el margen. La marca llameó y se volvió negra.

Oskar anotaba. Su pluma no se detenía.

—Ahora las muñecas —dijo Cora.

Rian ofreció primero la mano derecha desnuda. La maga sostuvo el brasero debajo. Una línea de fuego azul le recorrió la palma, inofensiva y fría. Luego fue el turno de la izquierda. Pero no se quitó el guante.

—Se requiere piel desnuda —dijo Cora.

—Entonces marquen sobre el cuero. —La voz de Rian no se alzó—. No pienso quitármelo.

Cora entrecerró los ojos.

—La escritura plateada debe tocar la piel o el juramento no deja marca. Un testigo podría declararlo inválido.

Oskar se acercó con el libro mayor abierto.

—Si me permite. La mano izquierda del archiduque tiene antiguas cicatrices de escarcha del muro norte. El guante lleva un forro de hilo de plata. El sello puede fijarse a través de él si la maga ancla la escritura base en la mano derecha y la transfiere por medida pareada. Ya se ha hecho antes.

Cora apretó los labios.

—El Imperio no prefiere las excepciones.

—El Imperio prefiere a su Guardián intacto —replicó Rian—. Transfiera. Ahora.

La maga miró a ambos. Luego trazó dos líneas de escritura en el aire sobre la muñeca izquierda de Rian y las dejó hundirse a través del cuero. El guante humeó.

Unos hilos grises y finos se enroscaron hacia arriba. La piel debajo debía de estar ardiendo. La expresión de Rian no cambió.

El humo del guantelete izquierdo seguía alzándose en hebras finas y negras. Aveline lo observó sin pestañear, mientras un dolor sordo le latía en la muñeca propia, como un eco. La carta continuaba inmóvil contra sus costillas.

—Su muñeca —dijo Cora.

Aveline se subió la manga sin apartar la vista del brasero. La maga lo acercó. El texto plateado se posó sobre la piel como una marca de hielo.

El dolor estalló. Aveline no se movió. La cicatriz de la palma se le puso blanca. Luego la marca se redujo a un hilo fino de plata enrollado en la muñeca, justo bajo el borde de la manga.

Sus dedos no buscaron la carta. Los mantuvo lejos.

Oskar arrancó la copia del registro y se la tendió.

—La copia de su esposa, duquesa Veyne.

La formulación la golpeó. Alzó la vista.

Rian ya le daba la espalda.

—Acompaña a Liane a las habitaciones de huéspedes —dijo a Oskar—. El registro queda restaurado. No debe ser separada.

Cora cerró el estuche de las plumas con un chasquido seco.

—Entonces esta farsa queda sellada. Pero haré inventario de cada objeto que lleve consigo antes de que abandone esta caseta, duquesa. Incluidas las cartas.

Aveline se quedó muy quieta.

—¿Con qué fundamento?

—Con el de que sigo siendo notaria del registro. Conservo autoridad para documentar todas las posesiones pertinentes en la ejecución de un contrato sellado. —Cora extendió la mano enguantada de blanco—. Su capa primero.

El pulso de Aveline golpeaba con fuerza en su garganta. La carta le pesaba contra el pecho como una brasa viva. No se movió.

—Las pertenencias de mi esposa no son pertinentes —dijo Rian desde el otro extremo del arco.

No se había vuelto.

—Solo su persona y su juramento. El contrato no incluye cláusula de inventario para efectos personales.

—He invocado el mandato estándar de atestación.

—Entonces registre lo que ve. —La cabeza de Rian giró apenas. El humo seguía enroscándose en el guante izquierdo, fino y negro en los bordes—. La duquesa Veyne lleva una capa. Ahora abra la puerta.

El rostro de Cora se tensó. Sus guantes blancos crujieron alrededor del estuche.

Oskar se acercó al codo de Liane.

—Si me permite, mi señora. Su excelencia ha preparado habitaciones.

Liane miró a Aveline.

—No quiero dejarte.

Aveline se obligó a suavizarse. El arañazo público del pánico cedió.

—Ve con él. Iré antes de la cena.

—¿Me lo prometes?

—Iré.

Liane se dejó guiar por Oskar a través del arco interior. Volvió la vista una vez. Aveline sostuvo su mirada hasta que dobló la esquina.

La quietud volvió a adueñarse del cuerpo de guardia. El mago deshizo el brasero con un gesto seco y Cora se alejó sin una palabra más, las túnicas negras restallando contra el viento. Los guardias regresaron a sus puestos.

Aveline permaneció en el frío, con la copia del contrato en la mano. La marca de plata en su muñeca todavía ardía. Se bajó la manga con cuidado, cubriéndola.

La carta seguía oculta. El fragmento de lacre continuaba sin examinar. Dejó que sus ojos se posaran en Rian, en cambio.

Él estaba al borde del arco, el abrigo negro salpicado de escarcha. El guante izquierdo había dejado de humear.

—Me llamaste tu esposa —dijo ella.

—Es la fórmula legal. —No se giró—. Todas las cláusulas se vinculan a ella.

—Nunca dijiste mi nombre.

Silencio. El viento raspó contra las piedras.

—De ahora en adelante y hasta la cláusula final —dijo él—, mi esposa es el único nombre que necesitas.

La frase cayó con el peso de una puerta al cerrarse.

—Tu mano —dijo Aveline—. Todavía arde.

Rian miró el guante.

—El sello es nuevo. Se enfriará.

—Ese guante está forrado con hilo de plata. Lo dijo Oskar. ¿Por qué la marca quema a través de la plata?

Él ocultó la mano izquierda en la sombra del abrigo.

—Pregúntale al mago, si lo desea.

—Te lo pregunto a ti.

—Entonces la respuesta es no. —Se giró al fin. Ojos gris pálido, más fríos que el aire—. El Rito llega en catorce meses, duquesa Veyne. Use bien el tiempo.

Ella apretó el contrato.

—¿Qué significa eso?

—Significa que la guardia no esperará mientras usted me interroga. —Pasó junto a ella y el viento lo siguió—. La cena es al séptimo toque de campana. No llegue tarde.

La puerta del cuerpo de guardia se cerró tras él. La escarcha se desprendió de la viga superior. Aveline se quedó sola con la copia de su propia atadura.

Mi esposa. Nunca su nombre. Su mano aún ardiendo.

Plegó el contrato y lo deslizó en la manga. Luego caminó hacia el Torreón con la carta oculta fría contra el pecho y el hilo de plata apretándose en la muñeca.

Leer en otros idiomasEnglish日本語中文
Juramentos de hieloEpisodio 1