FeverStory

Juramentos de hielo

Episodio 2

El frío de la madrugada aún trepaba por los cristales bajos del Torreón. Aveline cruzó el patio interior con el contrato tieso dentro de la manga y, contra las costillas, una segunda hoja mucho más helada: la carta oculta. No miró hacia la caseta de guardia. La marca de la muñeca se le había enfriado hasta volverse un calor sordo y privado, pero el silencio sin respuesta de Rian seguía clavado en ella con más fuerza.

La puerta del Archivo del Sello era de roble reforzado con hierro y tenía una mirilla estrecha. Un escribano de sobreveste gris la abrió apenas lo suficiente para examinarle el rostro.

—Duquesa Veyne —dijo sin inclinarse.

—Necesito el registro antiguo de sellos de la Aguja Negra —alzó la copia restaurada del archivo que Oskar le había entregado en la garita—. El registro del Archiduque me autoriza la entrada.

La mirada del escribano resbaló del papel al gris de luto que vestía.

—La sala de registros está húmeda. La lámpara permanece sobre la mesa. Nada de llama cerca de los lomos.

—Entendido.

La dejó pasar y cerró con llave a sus espaldas.

El archivo olía a cuero frío y a pizarra mojada. Hileras de libros subían hacia la penumbra, cada lomo marcado con un disco de metal. Aveline dejó el documento sobre la mesa del escribano y recorrió el pasillo largo hasta dar con la fila señalada con el antiguo sello de la Aguja Negra. Bajó el registro en cuarto y lo abrió sobre el atril inclinado.

Los bordes de las páginas se deshacían en escamas. Las fue pasando despacio, examinando las impresiones estampadas. Casi todas eran sellos enteros: lobos, hachas, lanzas cruzadas.

Uno estaba incompleto. La curva inferior de una torre. Una estrella quebrada encima.

Se detuvo.

Los dedos se le fueron al corpiño antes de que pudiera impedirlo. La carta a medio quemar salió a su palma con los bordes grises y blandos. La colocó junto a la página del registro. El fragmento conservado mostraba la misma curva baja de la torre. La misma estrella, cortada en ángulo.

No era parecido. Era el mismo troquel.

El pulso le golpeó una vez en la garganta. Plegó la carta y volvió a esconderla bajo la capa justo cuando unos pasos cruzaban las baldosas a su espalda.

—Pensé que vendría aquí primero —Oskar Kell se detuvo al final del pasillo—. El escribano mandó avisarme.

—Solo he pedido el registro antiguo —mantuvo los ojos en el libro—. ¿Hace falta un testigo?

—El registro antiguo exige cautela —se acercó dos pasos—. Faltan algunas páginas. En concreto, las de las investigaciones. Yo las evitaría.

—¿Por qué avisarme en lugar de quitármelo?

Oskar la observó durante un instante largo.

—Porque le quedan catorce meses y una contrademanda esperando en la caseta de guardia. El notario Vane no va a quedarse avergonzado para siempre.

Señaló la puerta con un gesto.

—El mayordomo no es su enemigo, señora duquesa.

Aveline creyó la mitad de aquello.

El guardián la acompañó al patio y sostuvo la puerta del archivo mientras el escribano giraba la llave.

La citación llegó antes de que la campana de media mañana terminara su primer tañido. Dos sirvientes de gris la encontraron junto a la escalera este y le comunicaron que el Archiduque requería su presencia en el estudio. No esperaron respuesta.

El estudio de Rian miraba hacia la muralla norte. La poca luz que entraba caía desde una única ventana alta y se extendía por el suelo como una hoja fría. Él estaba de pie tras una mesa larga cubierta de planos y líneas de peso, con la mano derecha girando un compás de latón. El guante izquierdo descansaba a su lado, sin ocultar.

—Siéntese si le place.

No levantó la vista.

—Hielo: el reconocimiento de los puntos de anclaje comienza al mediodía. Participará como Guardiana observadora.

Aveline permaneció de pie.

—Devolví los documentos restaurados al registro. Tengo otro trabajo aquí dentro.

—Ese trabajo espera.

Dejó el compás sobre la mesa.

—La barrera es más débil en el recodo oriental. El reconocimiento tomará todos los caminos disponibles. Su nombre está inscrito en la partida.

—¿Por qué mi nombre está inscrito en algo mientras usted rechaza preguntas simples?

La mandíbula se le tensó, pero solo la cicatriz de escarcha lo delató.

—El Norte no se detiene por preguntas, duquesa Veyne.

—El hilo de plata —dijo ella—. Sabía que ardería.

Hubo un silencio breve. La aguja del compás tembló contra el mapa.

—Sabía que la plata no le respondería.

Entonces la miró. Ojos gris pálido, serenos.

—Si necesita ley maga, pregúntele a Oskar. Si necesita el Rito, únase al reconocimiento. Yo exijo lo segundo.

Hizo una pequeña marca en el mapa con un lápiz negro. El lápiz se deslizó suavemente sobre el papel.

—Me llama su esposa —dijo Aveline.

Observó cómo el lápiz se detenía.

—Pero no usa mi nombre.

—Mi esposa es exacto.

Devolvió el lápiz a la bandeja.

—Un nombre es prematuro.

—¿Prematuro para quién?

Él caminó hacia la puerta.

—Mediodía en el parapeto este. Traiga guantes.

Aveline no se movió de inmediato. El aire del estudio olía a tinta, a metal frío y a algo vagamente mineral, como piedra mojada. La hoja de luz sobre el suelo se había desplazado apenas, y ahora tocaba el borde de la mesa.

—¿Pretende que lo acompañe sin más? —preguntó.

Rian se detuvo con la mano en el picaporte.

—Pretendo que cumpla con lo que se le ha asignado.

—Como una criada más.

—Como Guardiana de la Casa Veyne.

Salió sin cerrar la puerta. Aveline se quedó un momento junto a la mesa, mirando el mapa. Las líneas de peso cruzaban el pergamino como cicatrices. Había anotaciones al margen, cifras diminutas, y una marca negra reciente cerca del recodo oriental.

Salió al pasillo. Los dos sirvientes de gris seguían allí, a una distancia prudente, con las manos entrelazadas por delante. No le dijeron nada. No necesitaban hacerlo.

En su habitación, Aveline abrió el arcón de viaje y sacó un par de guantes de cuero forrados. También tomó una capa corta. El frío del Norte no era una exageración; lo había sentido en las juntas de las ventanas y en el filo de cada piedra del Torreón.

Cuando llegó al parapeto este, el sol estaba alto pero no calentaba. El viento soplaba desde la Marca y traía olor a nieve lejana. Rian ya estaba allí, de espaldas a ella, hablando con un hombre de capa gris que sostenía un estuche de instrumentos. Cerca, otros tres aguardaban junto a la escalera que bajaba al camino exterior.

—Llegó antes del mediodía —dijo Rian sin volverse.

—¿Le sorprende?

—No.

El hombre de la capa gris cerró el estuche y saludó a Aveline con una inclinación breve. No se presentó. Llevaba las manos manchadas de tiza y un cordón con cuentas de hierro al cuello.

—La partida sale ahora —dijo Rian—. Caminaremos hasta el primer punto de anclaje. Desde allí, el hielo hablará.

—¿Y yo qué debo observar?

—Todo. Usted es la Guardiana. Si la barrera responde, usted lo verá antes que nadie.

Aveline se puso los guantes. El cuero crujió al cerrarse.

—¿Y si no responde?

Rian la miró por encima del hombro.

—Entonces tendremos un problema mayor.

Bajaron por la escalera de piedra adosada a la muralla. El camino serpenteaba entre rocas oscuras y matorrales secos. Aveline contó siete personas en la partida, incluida ella. Todos llevaban botas altas y ropa de viaje. Nadie hablaba.

Al cabo de una hora, el sendero se estrechó y el terreno empezó a descender. El aire se volvió más denso. Aveline notó un zumbido tenue en los dientes, como si el paisaje vibrara por debajo del sonido.

—El primer anclaje —anunció el hombre de la capa gris.

Se detuvieron en una hondonada donde la nieve se acumulaba en parches sucios. En el centro había una piedra vertical, alta como un hombre, cubierta de runas erosionadas. La escarcha crecía a su alrededor en espirales perfectas.

Rian se acercó sin tocar la piedra. Extendió la mano derecha, con la palma hacia abajo, y cerró los ojos.

—Guardián —murmuró uno de los hombres.

Aveline sintió el cambio antes de verlo. El aire se contrajo. La escarcha brilló con una luz interior, azul y blanca, y la piedra emitió un sonido grave, como un órgano lejano.

—La barrera responde —dijo Rian—. Pero está delgada.

Abrió los ojos y miró a Aveline.

—¿Lo ve?

Ella asintió despacio. No era una pregunta retórica. La luz de la escarcha se curvaba hacia el este y se desvanecía en un punto concreto, como agua escapando por una grieta.

—Hay una fuga —dijo—. No en la piedra. Más allá.

Rian siguió su mirada.

—En el recodo.

—Sí.

El hombre de la capa gris anotó algo en una tablilla. Rian hizo una seña y la partida se puso en marcha de nuevo, esta vez hacia el este.

Caminaron en silencio. Aveline mantenía la vista en el punto donde la luz se desvanecía. Cuanto más se acercaban, más frío se volvía el aire. No era el frío del viento, sino uno distinto, que nacía del suelo y trepaba por las botas.

—Deténganse —ordenó Rian.

El sendero terminaba en una pared baja de roca. Al otro lado, el terreno caía en un desnivel brusco. Allí la escarcha no formaba espirales: crecía en láminas rotas, superpuestas, como si algo hubiera intentado cerrar una herida y hubiera fracasado.

—Aquí —dijo Aveline.

Rian asintió.

—Lo ve.

—¿Qué ocurrió?

—Algo forzó la barrera desde fuera. No recientemente. Pero la herida sigue abierta.

El hombre de la capa gris se arrodilló junto al borde y abrió el estuche. Sacó un espejo de cobre y lo inclinó hacia la luz. La superficie se empañó al instante.

—Hay residuo —dijo—. No es magia del Norte.

Rian se tensó.

—¿Qué clase?

—No lo sé. Pero no es hielo.

Aveline se acercó al borde. El espejo de cobre reflejaba una mancha oscura que no estaba en el suelo real. Era como mirar una habitación a través de una ventana sucia.

—¿Puede identificarlo? —preguntó Rian.

—No sin más instrumentos —dijo el hombre—. Pero es antiguo.

—Llévelo al Archivo. Que lo examine Oskar.

—Sí, excelencia.

El hombre guardó el espejo con cuidado y se alejó por el sendero. Los demás se quedaron quietos, esperando.

Rian se volvió hacia Aveline.

—Usted lo vio antes que todos.

—Porque soy la Guardiana.

—No. Porque la barrera se lo mostró.

Ella sostuvo su mirada.

—¿Y eso le incomoda?

—Me informa.

—No es lo mismo.

Rian desvió la vista hacia la herida de escarcha.

—No. No es lo mismo.

El viento cambió. Aveline sintió el olor a ozono, breve y punzante, y luego el frío común regresó. La luz de la escarcha se apagó lentamente, como una respiración que se aquieta.

—Regresemos —dijo Rian—. Por el camino alto.

La partida obedeció. Subieron por una senda distinta, más expuesta al viento pero más corta. Aveline caminaba junto a Rian. Nadie hablaba. El zumbido en los dientes desapareció al cruzar la línea de la muralla exterior.

En el patio, los sirvientes de gris los esperaban con mantas y una bandeja de estaño con tazas humeantes. Aveline tomó una sin preguntar. El líquido era amargo y caliente, con un regusto a hierbas.

—No me ha explicado por qué la plata —dijo.

Rian dejó su taza sobre la bandeja.

—La plata no responde a todos los vínculos. Solo a los que ya están sellados.

—¿Y el nuestro no lo está?

—No.

—¿Por eso no usa mi nombre?

Rian la miró largamente.

—Un nombre no sella un vínculo. Lo reconoce.

—Entonces no me reconoce.

—La reconozco como mi esposa.

—Eso no es lo mismo.

—No —admitió él—. No lo es.

El viento arrastró una ráfaga de nieve fina por el patio. Aveline se envolvió en la capa.

—¿Qué hará con la herida de la barrera?

—Vigilarla. Y buscar lo que la causó.

—¿Sospecha de algo?

—De alguien.

—¿Quién?

Rian no respondió. Tomó la taza de nuevo y bebió un sorbo.

—Eso lo sabrá cuando sea necesario.

—No me trate como a una extraña.

—No la trato como a una extraña. La trato como a una Guardiana.

—¿Y qué significa eso?

—Que no le daré respuestas a medias.

Aveline soltó una risa breve, sin humor.

—Eso es exactamente lo que ha hecho desde que llegué.

Rian dejó la taza con cuidado.

—No. Le he dado respuestas completas. Solo que no le han gustado.

—¿Y la herida? ¿Qué respuesta completa tiene para eso?

—Que algo entró en la Marca. Algo que no es del Norte. Y que usted lo verá antes que yo si vuelve a ocurrir.

—¿Por qué yo?

—Porque la barrera ya la ha elegido.

Aveline lo miró. El viento movía los cabellos claros de Rian y la cicatriz de escarcha parecía más pálida bajo la luz.

—¿Y si no quiero ser elegida?

—No es algo que se elija.

Rian se apartó de la bandeja y caminó hacia la puerta del Torreón.

—Descanse. Esta noche hay Mesa.

—¿Mesa?

—El Archiduque reúne a la Casa una vez por semana. Usted ocupará su lugar.

—¿Como esposa o como Guardiana?

Rian se detuvo un instante.

—Ambas.

Desapareció en el interior. Aveline se quedó en el patio, con la taza enfriándose entre las manos y el sabor amargo pegado al paladar.

El resto del día pasó entre registros y corredores. Devolvió dos legajos al Archivo y revisó una lista de suministros que Oskar le había dejado sobre el escritorio. Ninguna tarea le aclaró nada. Las paredes del Torreón parecían guardar silencio a propósito.

Al anochecer, una doncella llamó a su puerta para anunciarle que la Mesa se celebraría en el salón norte. Aveline se cambió de ropa y se peinó con manos rápidas. No tenía joyas salvo el anillo de la Casa, que llevaba en el dedo medio desde la ceremonia.

El salón norte era alargado y austero. Una mesa de roble oscuro ocupaba el centro, con candelabros de hierro en los extremos. Rian ya estaba sentado en la cabecera. A su derecha, Oskar; a su izquierda, un hombre mayor con el cuello de la capa bordado en plata.

—Duquesa Veyne —dijo Rian—. Siéntese.

Le señaló el asiento a su derecha, junto a Oskar. Aveline ocupó el lugar.

—La Mesa está completa —anunció Rian—. Empecemos.

Los sirvientes sirvieron el primer plato en silencio. Nadie habló hasta que las puertas se cerraron.

—El reconocimiento encontró una herida en el recodo oriental —dijo Rian—. Residuo no identificado. Oskar, ¿algún informe del Archivo?

—Aún no, excelencia. El espejo de cobre está en la cámara fría. Mañana tendré una lectura preliminar.

—Que sea antes del mediodía.

—Así se hará.

El hombre mayor de la capa bordada carraspeó.

—¿Y la Guardiana? ¿Confirmó la lectura?

—La vio antes que el instrumento —dijo Rian.

El hombre miró a Aveline con atención.

—Interesante.

—No es interesante —dijo Rian—. Es su función.

—Aun así.

Aveline dejó los cubiertos.

—¿Se me ha presentado, señor?

El hombre sonrió sin calidez.

—Soy el Guardián de la Marca, señora. Vane.

—¿El notario Vane?

—Su hermano.

Aveline sostuvo su mirada.

—Entonces la Casa Veyne tiene dos Vanes.

—La Casa Veyne tiene muchos sirvientes, duquesa. Algunos llevan el mismo apellido.

—Y algunos guardan rencor.

El Guardián de la Marca inclinó la cabeza.

—No confunda a mi hermano conmigo.

—No lo hago. Pero la familia comparte mesa.

—La familia no comparte lealtades.

Rian levantó una mano.

—Basta.

El silencio volvió a caer sobre la mesa. Los candelabros chisporrotearon. Aveline notó la mirada de Oskar, breve y neutra, antes de que volviera a su plato.

—La herida de la barrera es prioridad —dijo Rian—. A partir de mañana, la Guardiana acompañará las rondas del alba.

—¿Sin consultarme? —preguntó Aveline.

—No.

El Guardián de la Marca esbozó una sonrisa fina.

—Bienvenida al Norte, duquesa.

Aveline no respondió. La cena continuó en un silencio espeso, roto solo por el sonido de los cubiertos y el viento contra las ventanas.

Cuando terminó, Rian se levantó y todos lo imitaron. Los sirvientes entraron a retirar los platos. Aveline se quedó un momento junto a la mesa, mirando las llamas de los candelabros.

—¿Puedo hablar con usted? —le preguntó a Rian en voz baja.

—Hable.

—No aquí.

Rian asintió y la condujo a un pasillo lateral. La luz de las antorchas alargaba sus sombras.

—El Guardián de la Marca no me quiere aquí —dijo Aveline.

—No le corresponde querer.

—Pero influye.

—Influye quien tiene poder. Él no lo tiene.

—¿Y su hermano?

—El Notario tampoco.

Aveline se detuvo.

—Entonces, ¿quién lo tiene?

Rian se volvió hacia ella.

—Usted. Si decide quedarse.

—¿Y si decido irme?

—La puerta está abierta. Siempre lo ha estado.

—No es cierto. Hay contrademandas, deberes, ritos.

—Eso es la Casa. No la puerta.

Aveline lo miró en la penumbra.

—¿Por qué se casó conmigo?

—Porque la barrera lo exigió.

—¿Y si no lo hubiera exigido?

Rian no respondió. El viento golpeó la ventana del pasillo y las antorchas se inclinaron.

—Descanse —dijo al fin—. Mañana la esperan en la puerta este antes del alba.

Se alejó por el pasillo. Aveline se quedó quieta, escuchando el eco de sus pasos y el lamento del viento entre las piedras.

La luz fría cayó sobre un mapa vacío. El guardián se había marchado sin ruido, como si la niebla lo hubiera tragado.

Aveline subió las escaleras del Torreón Norte con el borde del vestido pesado por la nieve y los dedos rígidos dentro de los guantes. Rian había cabalgado por delante y solo le habló para dar órdenes. No volvió a mirarla.

La habitación que compartían estaba más cálida que el pasillo. Liane esperaba junto a la ventana con un papel doblado entre las manos.

—No salí —dijo, y se lo tendió—. Usó la marca del antiguo mozo de cocina. La de Saltmere.

Aveline se quitó los guantes y tomó la nota. Era papel barato, azulado por el frío. Sobre el doblez se veía una única estrella quebrada sobre la curva de una torre. Debajo, una línea en cifra y una frase clara:

Ven sola al tercer puente. Pregunta por el guardia que guardaba la llave de la puerta de tu madre.

Aveline dejó el papel boca abajo sobre la mesa.

—¿Dónde conseguiste esto?

—Lo deslizaron bajo la puerta. Nadie llamó —los ojos de Liane estaban muy abiertos, pero su boca tenía un filo—. Aveline, firmó con la marca de la Casa Veyne. Un antiguo guardia.

—Y te pide que vayas sola —Aveline dobló la nota dos veces y la guardó en el puño de su manga—. No irás.

—Podría saber algo sobre la carta.

—Podría ser la razón por la que necesitamos saber algo —Aveline sostuvo su mirada—. Te quedas dentro. No abres puertas. Ni por una marca de cocina ni por la llave de un guardia.

Liane abrió la boca, miró el papel cubierto y volvió a cerrarla.

—Tú irás.

—Tampoco he dicho eso.

—Pero la guardaste —la voz de Liane bajó, simple y asustada—. Así que piensas leerla otra vez.

Aveline miró hacia la ventana. La escarcha empezaba a trepar por el cristal exterior en finas raíces blancas.

—Pienso mantenerla lejos de ti —descorrió la cortina de la cama—. Es todo lo que haré esta noche.

Liane se sentó despacio en el borde del lecho. No volvió a discutir, no con palabras. Pero miraba el puño donde había desaparecido la nota, y su silencio era tan ruidoso que se quedó flotando en la habitación.

La citación llegó cuando la luz de la tarde empezaba a adelgazar.

Aveline mantuvo a Liane cerca mientras un par de guardias de Rian las escoltaban fuera de las habitaciones asignadas. El salón del Torreón Norte se abrió frío y alto, con las antorchas chisporroteando contra la humedad. Cora Vane esperaba en el centro con sus ropas notariales negras y un pergamino nuevo ya desenrollado entre los dedos blancos.

—Casa Veyne —dijo Cora, sin levantar la voz—. Su excelencia el Archiduque Rian ha solicitado que este asunto se registre ante notario. Les ruego que tomen asiento.

No había sillas dispuestas para una conversación amable. Solo un banco de roble ante la mesa larga del salón, y tras ella, el fuego que no alcanzaba a calentar las paredes. Aveline se sentó primero. Liane la imitó, con las manos cerradas sobre el regazo.

—¿Dónde está el Archiduque? —preguntó Aveline.

—Llegará en breve. Desea que la señorita Liane declare primero.

—¿Declarar qué? —Liane alzó la barbilla.

—La naturaleza del mensaje que recibió esta tarde.

Aveline no se movió. Notó el peso del papel doblado contra su muñeca, tibio ya por el calor de su piel.

—No hay mensaje —dijo.

Cora la observó con calma.

—Casa Veyne, no le estoy preguntando a usted.

La puerta principal se abrió con un golpe de viento helado. Rian entró sin capa, con la nieve aún brillando sobre los hombros de su chaqueta. Oskar venía un paso detrás, con el ceño fruncido y una lámpara de aceite en la mano.

—Excelencia —Cora inclinó apenas la cabeza—. La Casa Veyne niega la existencia del mensaje.

—Lo imaginé —Rian se detuvo frente a la mesa. No miró a Aveline. Sus ojos se posaron en Liane—. Señorita, le haré una sola pregunta. ¿Recibió usted una nota esta tarde?

Liane respiró hondo.

—Sí, excelencia.

—¿Y qué decía?

—Que fuera sola al tercer puente. Que preguntara por un guardia que conocía la llave de la puerta de mi madre.

Aveline cerró los ojos un instante. No había sorpresa en el rostro de Rian. Solo una paciencia fría, como si ya hubiera leído la nota antes de entrar.

—¿Quién la firmaba? —preguntó él.

—La marca de la Casa Veyne. Una estrella rota sobre una torre.

—Esa marca no se usa desde hace años —dijo Oskar, y dejó la lámpara sobre la mesa—. Perteneció a la guardia doméstica de Saltmere. Se retiró cuando la casa cayó.

—Un antiguo guardia, entonces —Rian giró por fin hacia Aveline—. Casa Veyne, ¿dónde está la nota?

—En mi poder.

—Entréguemela.

—No.

El salón quedó en silencio. Las antorchas crepitaron. Cora mojó la pluma en el tintero sin apartar los ojos de ellos.

—Casa Veyne —dijo Rian, y su tono no subió—, esto no es una petición.

—Y esto no es un juicio, excelencia. La nota llegó a mi casa, con una marca de mi casa. Tengo derecho a examinarla antes de entregarla.

—Su casa está bajo la protección del Imperio. Eso convierte cualquier mensaje dirigido a sus miembros en asunto imperial.

—Entonces el Imperio debería haberme informado antes de interceptar la correspondencia de mi casa.

Rian no respondió de inmediato. Algo se tensó en su mandíbula.

—No la interceptamos —dijo Oskar, con un tono más práctico—. La encontramos bajo la puerta de la señorita Liane. El guardia de turno la vio antes de que ella la recogiera.

Aveline giró hacia él.

—¿Y no llamó? ¿No detuvo al mensajero?

—No hubo mensajero. La nota apareció entre un control y el siguiente. Nadie pasó por ese corredor.

—Eso es imposible.

—Es lo que ocurrió.

Cora levantó la pluma.

—Si me permiten, excelencia, convendría que la Casa Veyne mostrara la nota al notario. Yo puedo certificar su contenido sin que salga de esta sala.

—La nota no saldrá de mi poder —dijo Aveline.

—Nadie ha pedido eso —Cora la miró con una neutralidad profesional—. Solo que la lea aquí, ante testigos, para que conste en acta.

Aveline dudó. Liane la observaba con los labios apretados. Rian seguía de pie, inmóvil, con la nieve derritiéndose sobre el cuero de sus hombros.

—Está bien —Aveline sacó el papel del puño. Lo desdobló despacio y lo dejó sobre la mesa, boca arriba—. Léalo usted, señorita Vane. En voz alta.

Cora se inclinó sobre el pergamino. Sus ojos recorrieron la cifra sin tocarla.

—Hay una línea en clave. No puedo descifrarla sin el código de la casa.

—Yo tampoco —dijo Aveline—. La frase clara es la que ya conocen.

—Léala.

Cora obedeció.

—«Ven sola al tercer puente. Pregunta por el guardia que guardaba la llave de la puerta de tu madre.»

Rian se acercó a la mesa y tomó la nota con dos dedos, como si pudiera morderle. La estudió a contraluz de las antorchas.

—El papel es de la guarnición —dijo—. Tinta de archivo, cortada con agua. No es un falsificador torpe.

—¿Y la marca? —preguntó Oskar.

—Está dibujada a mano. No es un sello. Alguien la copió de memoria.

—O la recordaba —dijo Liane, en voz baja.

Todos la miraron.

—La marca de la guardia doméstica no se copiaba —continuó ella—. Se aprendía. Los guardias la dibujaban en las cartas a sus familias porque no tenían sello propio. Mi madre me lo contó.

Rian dejó la nota sobre la mesa.

—¿Cuántos antiguos guardias de Saltmere quedan en el Norte?

—Pocos —dijo Oskar—. La mayoría murió cuando cayó la casa. Los supervivientes se dispersaron. Algunos entraron en la Marca, otros en la guarnición de Varenne.

—¿Alguno en Aguja Negra?

—No que yo sepa.

—Averígüelo.

Oskar asintió y salió. La puerta se cerró tras él con un golpe seco.

Rian se volvió hacia Liane.

—Señorita, ¿reconoce la letra?

Liane se acercó a la mesa. Miró el papel sin tocarlo.

—No. Pero yo era muy niña cuando vivía en Saltmere.

—¿Y la frase? ¿Le dice algo?

—Lo de la llave de la puerta de mi madre... —Liane se mordió el labio—. Mi madre tenía una llave pequeña, de hierro. La llevaba siempre colgada al cuello. Abría la puerta del jardín interior.

—¿Dónde está esa llave ahora?

—No lo sé. Desapareció con ella.

Rian asintió lentamente.

—Casa Veyne, ¿sabía usted algo de esa llave?

—No —Aveline mantuvo la voz firme—. Liane no habla mucho de Saltmere.

—Sin embargo, la nota asume que ella iría sola a un puente en plena noche por una llave que desapareció con su madre. Eso no es un anzuelo cualquiera.

—Por eso no irá.

—No —dijo Rian—. No irá. Pero alguien tendrá que ir.

Aveline lo miró.

—¿Qué está proponiendo?

—Que la nota se responda. Con las debidas precauciones.

—No autorizaré que usen a Liane como cebo.

—No he dicho que sea ella.

El fuego chisporroteó. Cora seguía escribiendo, con la pluma raspando el pergamino en trazos rápidos.

—Excelencia —dijo Aveline, con un tono más bajo—, si piensa ir usted, le recuerdo que el tercer puente está fuera de la protección del Torreón. Y que un antiguo guardia de Saltmere no le abrirá la puerta a un Archiduque.

—No iré yo —Rian se inclinó sobre la mesa, apoyando los nudillos en la madera—. Irá alguien que pueda pasar por un criado de la casa. Alguien que conozca los puentes.

—¿Oskar?

—No. Oskar se queda conmigo.

—¿Entonces?

Rian la miró fijamente.

—Usted, Casa Veyne. Irá usted.

Liane se levantó del banco.

—No.

—Siéntese, señorita —dijo Cora, sin levantar la vista del acta.

—No pienso permitirlo.

—Liane —Aveline le tocó el brazo—. Siéntate.

Liane obedeció de mala gana. Sus ojos brillaban con una furia contenida.

—No puedes ir sola —le dijo.

—No iré sola —Aveline miró a Rian—. ¿O es esa la idea, excelencia? ¿Enviarme sin escolta al puente donde quieren que vaya Liane?

—Irá con escolta. Hombres de confianza, apostados a distancia. Pero el contacto solo hablará con una persona. Y la nota pedía a la señorita Liane. Si ve a un guardia, no se acercará.

—¿Y si me reconoce?

—No la reconocerá. Usted no es de Saltmere.

Aveline apretó los labios.

—¿Cuándo?

—Esta noche. La marea del río baja antes del alba. El tercer puente solo se cruza con marea baja.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque ya he tenido que cruzar ese puente —Rian se enderezó—. Y no me gustó.

Cora terminó de escribir y espolvoreó arena sobre la tinta.

—Excelencia, el acta está lista. ¿Desea que lea lo registrado?

—Léalo.

Cora leyó. Las palabras eran secas, exactas, sin emoción. La nota, la marca, la declaración de Liane, la negativa de Aveline, la orden de Rian. Todo quedó fijado en tinta notarial como si fuera un contrato.

—Firmen —dijo Cora.

Rian firmó primero. Liane dudó, miró a Aveline, y al final tomó la pluma. Aveline fue la última. Su nombre quedó junto al de Rian, en una línea que no le gustaba.

—Guarden el acta en el Archivo —dijo Rian—. Copia sellada para la Casa Veyne.

—Como ordene, excelencia.

Cora enrolló el pergamino y lo ató con una cinta negra. Antes de salir, se detuvo junto a Aveline.

—Casa Veyne, si me permite un consejo: no lleve la nota original al puente. Deje que el contacto vea una copia.

—¿Por qué?

—Porque si esto es una trampa, lo primero que harán será quitársela. Y sin la nota original, perderá la única prueba de que alguien dentro del Torreón conoce la marca de Saltmere.

Aveline asintió despacio.

—Gracias, señorita Vane.

Cora se inclinó y salió. Sus pasos resonaron en el corredor hasta apagarse.

Rian se quedó un momento más, de pie junto a la mesa, con la mirada fija en el mapa que seguía desplegado en la pared. La luz de las antorchas dibujaba sombras duras bajo sus ojos.

—Descanse un par de horas —dijo al fin—. La escolta la recogerá antes de la tercera campana.

—¿Y Liane?

—Se quedará conmigo en la sala del Bastión. No la perderé de vista.

Aveline asintió. No había nada más que decir.

Tomó la nota de la mesa y la guardó otra vez en el puño. Liane se levantó y la siguió en silencio, pero al pasar junto a Rian se detuvo.

—Excelencia —dijo, sin mirarlo—. Si le pasa algo a ella, no habrá acta que lo proteja.

Rian no respondió. Solo inclinó la cabeza, una vez, como si aceptara el peso de esas palabras.

Y luego se quedó solo en el salón frío, con el mapa y el fuego y la nieve derretida goteando desde su chaqueta.

—¿De verdad piensa que puede invalidar una orden imperial con solo mirarla, Archiduque?

—Puedo negarme a ejecutarla dentro de mi propia Marca.

Rian sacó del interior del abrigo una copia doblada del registro matrimonial sellado. La escritura plateada brilló bajo la luz de las antorchas.

—La Casa Veyne está restaurada y bajo mi protección. Ambas herederas.

—Liane Veyne es mayor de edad. La orden la nombra por separado.

—El contrato matrimonial nombra a la casa —Rian no alzó la voz—. La inscripción del registro vincula a toda persona liberada de la proscripción. Eso incluye a Liane Veyne.

La mandíbula de Cora se tensó.

—En la capital leerán ese argumento como obstrucción.

—Que lo lean como quieran.

Rian volvió a doblar la copia del registro con calma.

—Su orden era de arresto. Esto intenta separar a una heredera protegida del núcleo familiar que respondió por ella. La ley del Norte exige la refrenda de un magistrado local. Usted no la tiene.

Aveline observó cómo la compostura de Cora se resquebrajaba por partes. La notaria respiró hondo por la nariz, despacio.

—Está cometiendo un error, excelencia.

—He cometido varios. Este no es uno de ellos.

Liane seguía detrás de Aveline, muy quieta. Tenía las manos entrelazadas con fuerza, los nudillos blancos. No apartaba los ojos de la notaria.

—¿Pueden encerrarme igualmente? —preguntó.

—No —respondió Rian sin volverse.

—La capital puede emitir otra orden —dijo Cora—. Con la refrenda correspondiente. Con más guardias. Con lo que haga falta.

—Entonces vuelva cuando la tenga.

Cora dio un paso atrás. No era retirada, era cálculo. Aveline la conocía lo bastante para distinguirlo.

—La investigación sobre Saltmere sigue abierta. La presencia de Liane Veyne en un puesto fronterizo no es un asunto menor. Si el Archiduque prefiere responder ante el Imperio por ella, que así conste.

—Que conste —dijo Rian.

La notaria miró a Liane por encima del hombro de Aveline.

—No salga de la ciudad.

—No pienso hacerlo —dijo Liane.

Cora se guardó la orden en la manga y salió por la puerta oeste. Sus pasos resonaron en la piedra hasta apagarse. El silencio que dejó era denso, como si el salón hubiera retenido el frío de la calle.

Aveline se giró hacia su hermana.

—¿Estás bien?

—Sí.

Liane se soltó las manos. Le temblaban un poco.

—No he hecho nada —repitió, más flojo.

—Lo sé.

Rian se acercó a la mesa y dejó la copia del registro junto al candelabro. La llama osciló con el movimiento.

—No ha terminado —dijo—. Cora no cede por orgullo. Si ha venido con una orden suplementaria es porque alguien en la capital quiere a Liane fuera del Norte.

—¿El Notario? —preguntó Aveline.

—El Notario no firma órdenes de custodia imperial. Esto viene de la Mesa.

Liane se dejó caer en una silla, con las faldas arrugadas bajo las piernas.

—¿Qué quieren de mí? No he visto nada. No sé nada de Saltmere.

—Alguien cree lo contrario.

Aveline se sentó frente a ella. La mesa las separaba, ancha y oscura.

—Cuéntame otra vez lo del viaje. Desde que saliste de Varenne.

—Ya lo he contado veinte veces.

—Pues cuéntamelo una más.

Liane se frotó la frente con la palma.

—Salí de Varenne con dos criados y un cochero. Pasamos por Holt sin detenernos. Llegamos a la Aguja Negra al tercer día. No hablé con nadie en el camino. No vi nada raro.

—¿Y en la Aguja Negra?

—Vi al Guardián Escarcha. Me recibió en el patio. Me preguntó por ti. Le dije que estabas en la capital.

—¿Algo más?

—Me ofreció escolta para volver. Dije que no. Luego llegó tu carta y me quedé.

Rian escuchaba de pie junto a la ventana. La escarcha empezaba a dibujar helechos en los bordes del cristal.

—¿El Guardián Escarcha mencionó Saltmere? —preguntó.

—No. Solo habló del camino y de la nieve.

—¿Algún criado de la Aguja Negra te preguntó por la casa?

—No. Apenas me hablaron.

Aveline se inclinó hacia delante.

—Liane, ¿por qué fuiste a la frontera? La carta que me enviaste decía que ibas a Holt.

Liane bajó la mirada.

—Cambié de idea. Quería ver la Aguja Negra. Nunca había estado.

—¿Por qué ahora? Con la casa apenas restaurada, con la investigación abierta, ¿por qué ahora?

—Porque me asfixiaba.

La voz de Liane se quebró en la última palabra. Aveline se quedó callada.

—Llevaba meses en Varenne. Sin salir. Sin ver a nadie. La casa olía a cerrado y a cera. Cada noche soñaba con el juicio. Quería ver algo que no fuera esa maldita finca.

Rian se apartó de la ventana.

—¿Le dijo a alguien que iría a la Aguja Negra?

—No. Solo a Aveline, y le dije Holt.

—¿Por qué mentirle?

Liane alzó la vista hacia él.

—Porque sabía que me habría dicho que no.

—Probablemente —admitió Rian—. ¿Y quién más sabía que estaba en la Aguja Negra?

—Nadie. Bueno, el Guardián Escarcha. Y la gente de la fortaleza.

—¿Escribió a alguien desde allí?

—No.

—¿Recibió correspondencia?

—Una carta de Aveline. Nada más.

Rian se quedó pensativo. La luz de las antorchas marcaba ángulos duros en su cara.

—Alguien la vio. Alguien informó a la capital. La orden de custodia no se emite por sospecha vaga.

—¿Y si fue el propio Guardián? —preguntó Aveline.

—No. Escarcha no informa a la Mesa sin hablarlo antes conmigo.

—¿Está seguro?

—Lo estoy.

Aveline se levantó. Las piernas le pesaban.

—Entonces fue alguien de la Aguja Negra. O del camino. O de la propia Varenne.

—O de la capital —dijo Rian—. Cora ha tenido acceso a los archivos del Sello desde que empezó la investigación. Pudo cruzar registros de viaje.

—¿Registros de viaje? —Liane frunció el ceño—. Yo no firmé nada.

—No hace falta. Las postas anotan todos los carruajes. Los guardias de puerta anotan a los viajeros. La frontera anota a todo el que cruza.

Liane palideció.

—Entonces saben exactamente cuándo llegué y cuándo salí.

—Sí.

—¿Y eso es delito?

—No —dijo Aveline—. Pero si alguien en Saltmere movió pruebas o desapareció documentos, cualquier desplazamiento cerca de la frontera puede usarse en tu contra.

—Yo no estuve en Saltmere.

—Estuviste a un día de camino.

Liane se mordió el labio.

—No pensé en eso.

—Ya lo sé.

Rian volvió a la mesa y tomó la copia del registro.

—Esta noche dormirán en el Torreón. Mañana veré al magistrado local. Si la capital quiere llevarse a la señorita Veyne, tendrán que hacerlo con papeles válidos para el Norte.

—¿Y si los consiguen? —preguntó Liane.

—Entonces lucharemos de otro modo.

Aveline no dijo nada. Conocía a Rian lo bastante para saber que aquello no era una promesa vacía. También conocía al Imperio lo bastante para saber que siempre encontraba otro papel, otro sello, otra firma.

—Aveline —llamó Liane—, ¿qué harás tú?

—Quedarme contigo.

—¿Y la capital? ¿Y la casa?

—La casa puede esperar. La capital también.

Liane asintió despacio. Parecía más niña que nunca, pese a los años que habían pasado desde el juicio. Aveline le tendió la mano por encima de la mesa. Liane la tomó.

—No voy a dejar que te lleven —dijo Aveline.

—Lo sé.

Rian se dirigió a la puerta.

—Voy a avisar al capitán de la guardia. Nadie entra en el Torreón sin mi permiso.

Salió al pasillo. El sonido de sus botas se alejó sobre la piedra.

Liane apretó la mano de Aveline.

—¿Confías en él?

—Sí.

—¿Por qué?

Aveline miró la puerta por la que Rian había salido.

—Porque no ha mentido todavía.

Se quedaron un rato en silencio. El viento silbaba en las juntas de las ventanas. El salón olía a cera, a polvo y al frío que entraba del exterior.

—Tengo miedo —dijo Liane en voz baja.

—Es normal.

—No es normal. Antes no tenía miedo. Antes me daba igual lo que pasara.

—¿Y ahora?

Liane soltó un suspiro tembloroso.

—Ahora no quiero que me encierren. No quiero volver a una celda. No quiero que nos separen.

—No nos van a separar.

—No lo sabes.

Aveline rodeó la mesa y se sentó junto a su hermana. Le pasó un brazo por los hombros.

—Lo sé porque no lo voy a permitir.

Liane apoyó la cabeza en su hombro. El cabello le olía a humo de chimenea.

—¿Por qué me metí en esto? —murmuró.

—Porque eres una Veyne. Nosotras no sabemos quedarnos quietas.

Liane soltó una risa corta, sin alegría.

—Maldita herencia.

—Maldita —convino Aveline.

La puerta se abrió de nuevo. Entró un guardia con leña y avivó el fuego. Las llamas crecieron y proyectaron sombras largas en los muros de piedra. Liane se enderezó.

—¿Crees que Oskar sabe algo? —preguntó.

—¿Sobre qué?

—Sobre quién informó a la capital.

Aveline lo consideró.

—Oskar sabe muchas cosas. Pero no suele contarlas gratis.

—¿Y si se lo pido yo?

—¿Por qué a ti?

Liane se encogió de hombros.

—Porque me tiene simpatía.

—A Oskar no le tiene simpatía nadie.

—A ti te respeta.

—Eso es distinto.

—Entonces pregúntaselo tú.

Aveline negó con la cabeza.

—No quiero deberle favores. Aún no.

—¿Aún?

—Si la capital insiste, puede que no quede otro remedio.

Rian regresó antes de que Liane pudiera responder. Traía el abrigo salpicado de nieve fina.

—El capitán ha apostado hombres en las dos puertas. Nadie entra ni sale sin autorización.

—¿Cora se ha ido? —preguntó Aveline.

—Su carruaje ha salido hacia el sur.

—¿Hacia la capital?

—Hacia Varenne. Supongo que buscará al magistrado.

Aveline se puso en pie.

—¿Y si lo encuentra antes que tú?

—No lo encontrará. El magistrado está en Holt. Yo saldré al amanecer.

—¿Puedo ir contigo?

Rian la miró un instante.

—No. Quédate con tu hermana.

—No me trates como a una dama en apuros.

—No te trato como a una dama en apuros. Te trato como a la única persona en la que Liane confía. Si vienes, ella viene. Y no quiero a Liane fuera del Torreón esta noche.

Aveline quiso protestar, pero la lógica era impecable. Asintió.

—De acuerdo.

—Volveré mañana al mediodía. Con la refrenda o sin ella.

—¿Y si no la consigues?

—La conseguiré.

Liane se levantó de la silla.

—Excelencia —dijo—, gracias.

—No me las dé todavía.

—¿Por qué no?

—Porque esto no ha hecho más que empezar.

La noche se cerró sobre la Aguja Negra con un silencio roto solo por el viento. Aveline acompañó a Liane a una habitación del ala este. Las ventanas daban al patio, donde los guardias se turnaban junto a las antorchas.

—¿Crees que podré dormir? —preguntó Liane.

—Deberías intentarlo.

—¿Y tú?

—Yo velaré un rato.

Liane se sentó en la cama, sin quitarse el vestido.

—¿Aveline?

—¿Sí?

—Si mañana todo sale mal... ¿qué harás?

Aveline se apoyó en el marco de la puerta.

—No saldrá mal.

—Pero si sale.

—Entonces iré a la capital. Y hablaré con el Archivo. Y con la Mesa. Y con quien haga falta.

—¿Y si no te escuchan?

—Haré que me escuchen.

Liane esbozó una sonrisa débil.

—Eres la única persona que conozco que dice eso y suena a verdad.

—Porque es verdad.

Aveline cerró la puerta con cuidado y se quedó en el pasillo. Las antorchas ardían a intervalos regulares, marcando el camino hacia el salón principal. No fue allí. Bajó al patio.

El frío le cortó la piel. La nieve crujía bajo sus botas. Los guardias la saludaron con inclinaciones breves. Aveline se detuvo junto al pozo, donde el hielo cubría el brocal.

Pensó en Cora, en la orden, en la Mesa. Pensó en Saltmere y en las pruebas que nadie había encontrado. Pensó en su hermana, sentada en la cama con el vestido arrugado y los ojos brillantes de miedo.

Y pensó en Rian, que había plantado cara a una notaria imperial sin alzar la voz.

No sabía cuánto duraría aquella calma. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que no estaba sola.

El viento cambió. Aveline alzó la vista hacia la muralla. Una figura se recortaba contra la luna, envuelta en una capa oscura.

—Deberías estar dentro —dijo la figura.

Era Oskar.

—No podía dormir —respondió Aveline.

—Eso no es bueno. Mañana necesitarás la cabeza despejada.

—¿Tú qué haces despierto?

Oskar bajó de la muralla con pasos silenciosos.

—Yo nunca duermo. Pregúntale a cualquiera.

—¿Has oído lo de la orden?

—Lo he oído.

—¿Y qué opinas?

Oskar se detuvo a dos pasos de ella. La capa le cubría medio rostro.

—Opino que alguien en la capital tiene mucha prisa por sacar a Liane Veyne del Norte.

—¿Por qué?

—Eso es lo que tendríamos que averiguar.

Aveline lo miró fijamente.

—¿Sabes algo que yo no sepa?

Oskar sonrió apenas.

—Su Alteza sabe muchas cosas que yo no sé. Y yo sé muchas cosas que Su Alteza no sabe. Es el equilibrio natural de la Casa.

—No estoy de humor para juegos, Oskar.

—No es un juego. Es una oferta.

—¿Qué oferta?

—Yo investigo. Usted decide. Como siempre.

Aveline cruzó los brazos.

—¿Y qué quieres a cambio?

—Nada. Por ahora.

—Eso es lo que me inquieta.

—Lo sé.

Oskar se giró hacia la muralla.

—Piénselo. Si la capital vuelve con una orden válida, no habrá Archiduque ni registro matrimonial que la detenga. Entonces querrá tener algo más que lealtad familiar.

—¿Y tú tienes ese algo?

—Puede que sí.

Aveline lo observó alejarse hacia la escalera de la muralla. La capa ondeaba con el viento.

—Oskar —lo llamó.

Él se detuvo sin volverse.

—Investiga.

—Como ordene, excelencia.

—No he terminado, si eso es lo que ha venido a comprobar.

Aveline se volvió hacia la puerta antes de que el tercer golpe terminara de apagarse. Liane se incorporó en la cama, pero no dijo nada.

—Ábrele —dijo Aveline.

Liane obedeció. Al otro lado, Oskar sostenía una bandeja con pan, queso y una jarra de agua. Entró sin que nadie lo invitara, la dejó sobre la mesa y comprobó el pestillo de la ventana con un gesto rápido.

—Su excelencia ha dispuesto una guardia en el corredor —dijo—. Y dos hombres en la puerta baja.

—¿Era necesario? —preguntó Liane.

—La notaria no ha salido de la Marca. —Oskar se apartó de la ventana—. Hemos recibido aviso de que su carruaje se detuvo en la posada del cruce. No es una buena señal.

Aveline se acercó a la mesa y sirvió agua para Liane antes de hablar.

—¿Qué posada?

—La del roble partido. Está a media jornada del Torreón Norte. —Oskar se ajustó el guante—. Si la señorita Liane desea, puedo quedarme junto a la puerta hasta el cambio de guardia.

—No hace falta —dijo Liane.

—Sí hace falta —corrigió Aveline—. Aceptamos la guardia, Oskar. Y agradecemos la cena.

Oskar asintió y salió al corredor. El sonido de sus botas se detuvo justo al otro lado de la puerta.

Liane partió un trozo de pan, pero no comió.

—Cora no se irá solo con una objeción. La conozco. —Su voz sonó más pequeña de lo habitual—. En la capital, una objeción registrada es un arma. Va a usarla contra Rian.

—Que la use. —Aveline se sentó frente a ella—. Rian sabía lo que firmaba cuando aceptó el contrato. Y yo sé lo que firmé cuando te traje aquí.

—No es justo.

—No lo es. —Aveline empujó el plato hacia ella—. Pero el mundo no se arregla con justicia. Se arregla con contratos, sellos y gente que aguanta una noche más.

Liane mordió el pan despacio. Afuera, el viento del Norte gemía contra la piedra del Torreón.

La mañana llegó gris y silenciosa. Aveline despertó con la espalda rígida de haber dormido en el sillón junto a la puerta. Liane seguía en la cama, con la manta enrollada hasta la barbilla.

Un golpe suave sonó en la puerta.

—¿Aveline? —La voz de Rian llegó amortiguada por la madera—. ¿Puedo entrar?

Aveline se alisó la túnica y abrió. Rian estaba en el umbral, con el cabello recogido y una carta en la mano. No llevaba capa, como si no hubiera salido del Torreón en toda la noche.

—Ha llegado un mensajero de Saltmere —dijo—. El Archivo confirma que la orden de comparecencia fue emitida sin el sello del Notario Mayor. Es irregular.

—¿Eso la invalida? —preguntó Aveline.

—No de inmediato. Pero la debilita. —Rian le entregó la carta—. Si Cora quiere ejecutarla, tendrá que conseguir una nueva firma en la capital. Eso nos da tiempo.

Aveline leyó el documento. El lenguaje era seco, lleno de fórmulas notariales, pero el sentido era claro: el sello no coincidía con el registro del Archivo Imperial.

—¿Lo sabe Cora? —preguntó.

—Todavía no. Y no quiero que lo sepa por nosotros. —Rian miró hacia la cama, donde Liane fingía dormir—. La guardia seguirá hoy. Esta noche habrá una reunión en la Mesa del Torreón.

—¿Sobre qué?

—Sobre la objeción de la notaria. Y sobre lo que haremos cuando regrese.

Aveline asintió. Rian se retiró con la misma discreción con la que había llegado.

El resto del día transcurrió en una calma tensa. Liane se negó a salir de la habitación y Aveline no la presionó. Pasaron las horas revisando mapas viejos que Oskar les había dejado, más para ocupar las manos que para otra cosa.

Al caer la tarde, Aveline se puso una chaqueta forrada y bajó al salón de la Mesa. Rian ya estaba allí, junto con Oskar y un hombre mayor que Aveline no conocía. Llevaba la insignia de la Casa Vane en el cuello.

—Es el Guardián de la Marca —dijo Rian—. Ha venido desde el paso de Escarcha.

El Guardián inclinó la cabeza. No dijo su nombre, y Aveline no lo preguntó.

—La notaria ha enviado un segundo mensajero —anunció Rian—. Esta vez hacia Varenne, no hacia la capital. Quiere reunir testimonios en la Marca.

—¿Testimonios de qué? —preguntó Aveline.

—De que la señorita Liane fue vista fuera del Norte sin escolta. —Oskar desplegó un mapa sobre la mesa—. Si consigue dos declaraciones juradas, la objeción se vuelve formal y la orden cobra fuerza.

—¿Y quién declararía algo así? —Aveline recorrió el mapa con la mirada—. Nadie en el Torreón.

—Nadie en el Torreón —repitió Rian—. Pero la posada del cruce no está en el Torreón. Ni el molino de Saltmere. Ni la aldea de Holt.

El Guardián habló por primera vez.

—En Holt hay un hombre que le debe favores a la notaria. Un antiguo recaudador. Si Cora llega antes que nosotros, tendrá su declaración.

—Entonces hay que llegar antes —dijo Aveline.

Rian asintió despacio.

—Saldré al amanecer con Oskar. Usted, titulo_casa, se quedará con Liane.

—No. —Aveline se levantó—. Si Cora busca una declaración falsa, quiero verla con mis propios ojos. Liane no se quedará sola, pero tampoco me quedaré encerrada mientras ustedes apagan un fuego que yo encendí.

Rian la miró sin parpadear.

—¿Y quién cuidará de Liane?

—Liane vendrá conmigo. No la dejaré en el Torreón sin mí.

El silencio se estiró. Oskar se aclaró la garganta.

—Excelencia, la señorita Liane podría viajar en el carruaje cerrado. Si vamos por el camino del bosque, evitaremos la posada.

Rian no respondió de inmediato. Luego se inclinó sobre el mapa.

—Saldremos antes del alba. Y si la notaria aparece en Holt, nadie hablará con ella sin que yo esté delante.

Subieron a prepararse. Liane escuchó el plan con los ojos muy abiertos, pero no protestó. Empacó un vestido sencillo, un chal grueso y el libro de mapas que había estado leyendo.

—¿Crees que Cora irá a Holt? —preguntó mientras doblaba el chal.

—Sí —dijo Aveline—. Y si no va, habremos ganado un día de ventaja.

—¿Y si nos encontramos con ella?

—No nos encontraremos. Rian conoce los caminos. Oskar también.

Liane guardó el libro y se sentó en el borde de la cama.

—No quiero verla otra vez.

—Lo sé.

Aveline se arrodilló frente a ella y le tomó las manos.

—No permitiré que te lleve. Pase lo que pase en Holt, no vas a firmar nada, no vas a declarar nada y no vas a salir de mi vista. ¿Entendido?

Liane asintió.

—Entendido.

La noche fue corta. Antes del alba, el carruaje cerrado esperaba en el patio del Torreón Norte. Oskar revisaba los arreos de los caballos mientras Rian hablaba en voz baja con el Guardián. Aveline ayudó a Liane a subir y se acomodó a su lado.

El camino del bosque era angosto y estaba cubierto de hojas húmedas. El carruaje avanzó despacio, con las cortinas echadas. Aveline entreabrió una para mirar el sendero: árboles altos, niebla baja, el sonido de un arroyo en alguna parte.

—¿Cuánto falta para Holt? —preguntó Liane.

—Medio día —dijo Oskar desde el pescante—. Si no hay barro.

Lo hubo. Pasadas dos horas, una de las ruedas se atascó en un tramo blando y tuvieron que bajar. Rian y Oskar empujaron mientras Aveline tiraba de las riendas del caballo delantero. Liane se quedó dentro, pálida, con las manos apretadas sobre el asiento.

Cuando la rueda quedó libre, Oskar examinó el eje.

—No está roto, excelencia. Podemos continuar.

—¿Y si volvemos? —preguntó Liane.

—No podemos —dijo Rian—. El camino de regreso ya estará vigilado. Cora no deja cabos sueltos.

Siguieron adelante. El bosque se abrió cerca del mediodía y la aldea de Holt apareció entre campos grises: una docena de casas bajas, un pozo comunal y una capilla con el techo hundido. El carruaje se detuvo junto al pozo.

Aveline bajó primero. El aire olía a humo y a estiércol. Un hombre flaco con delantal de cuero los observaba desde la puerta de la herrería.

—Busco al recaudador —dijo Rian—. El que vive junto al molino.

El herrero escupió al suelo.

—Ya no vive junto al molino. Se mudó al granero viejo, detrás de la capilla.

Rian asintió y echó a andar. Aveline tomó a Liane del brazo y lo siguieron. Oskar se quedó junto al carruaje.

El granero viejo tenía las puertas abiertas. Dentro, un hombre mayor estaba sentado en un taburete, con una pluma en la mano y un montón de papeles sobre un barril. Levantó la vista al verlos y su rostro se tensó.

—No he hecho nada —dijo.

—No he dicho que lo haya hecho —respondió Rian—. Vengo a preguntar por la notaria.

El hombre dejó la pluma con cuidado.

—¿La notaria Imperial? ¿Cora Veyne?

—La misma.

—No ha venido. —El hombre se pasó la lengua por los labios—. Pero mandó un mensajero ayer. Quería saber si yo había visto a una muchacha viajando sola por el camino de Saltmere.

—¿Y qué respondió?

—Que no. Porque no la he visto. —Miró a Liane con los ojos entrecerrados—. ¿Es ella?

—No tiene por qué saberlo —dijo Aveline.

El hombre se encogió de hombros.

—Como quiera. Pero si la notaria vuelve, me hará la misma pregunta. Y yo tendré que responder algo.

Rian dio un paso al frente.

—Usted responderá la verdad. No ha visto a nadie. Y si firma algo distinto, yo me encargaré de que el Archivo examine cada papel que ha presentado en los últimos diez años.

El hombre palideció.

—No necesito amenazas, excelencia.

—No es una amenaza. Es una descripción del procedimiento.

Aveline observó el intercambio sin intervenir. El recaudador no era un hombre valiente, pero tampoco parecía leal a Cora. Solo tenía miedo, y el miedo podía inclinarse hacia cualquier lado.

—¿La notaria le ofreció algo? —preguntó Aveline.

El hombre la miró con sorpresa.

—Oro. No mucho. Lo suficiente para firmar una declaración.

—¿Y piensa firmarla?

—No lo sé. —Se frotó las manos—. Si ella viene con oro y con guardias, ¿qué quiere que haga?

—Que no esté aquí —dijo Rian.

El hombre parpadeó.

—¿Perdón?

—Váyase de Holt por unos días. Visite a un pariente. Vuelva cuando la notaria se haya marchado.

—¿Y si me encuentra en el camino?

—No lo hará. Saldrá esta noche, por el sendero del molino. Oskar lo acompañará hasta el cruce de Varenne.

El hombre miró a Oskar, que seguía junto al carruaje, y luego a Rian.

—¿Y si no quiero irme?

—Entonces se quedará aquí, recibirá a la notaria y decidirá si firma o no. Pero si firma, yo lo sabré. Y el Archivo lo sabrá. —Rian inclinó la cabeza—. La elección es suya.

El recaudador se quedó callado un momento. Luego se levantó y empezó a guardar los papeles en una bolsa de cuero.

—Saldré al anochecer —dijo—. Pero no por el sendero del molino. Por el camino del río. Es más seguro.

—Como prefiera —dijo Rian—. Oskar lo acompañará de todos modos.

—No quiero compañía.

—No es opcional.

El hombre resopló, pero no discutió. Aveline sintió que Liane se aferraba a su brazo.

—¿Ya está? —susurró Liane.

—Todavía no —dijo Aveline—. Ahora viene la parte difícil.

Pasaron la tarde en la aldea. Rian habló con el herrero y con la mujer que atendía el pozo, sembrando la versión de que el recaudador había partido por asuntos familiares. Oskar se quedó vigilando el granero. Aveline y Liane comieron pan y queso en el carruaje, con las cortinas cerradas.

Al caer la noche, el recaudador salió con su bolsa y una manta al hombro. Oskar lo siguió a distancia, como una sombra. Rian se reunió con Aveline junto al pozo.

—Ahora esperamos.

—¿Cuánto?

—Hasta mañana. Si Cora viene, será al amanecer. Los mensajeros de la Marca viajan de noche.

Aveline miró hacia la capilla hundida. El viento movía las hierbas secas del techo.

—¿Y si trae guardias?

—Traerá al menos dos. Quizá tres. —Rian se apoyó en el brocal del pozo—. Pero no esperará encontrarnos aquí. Eso juega a nuestro favor.

—¿Y si intenta llevarse a Liane por la fuerza?

Rian la miró.

—No lo hará. Una notaria no puede usar la fuerza sin una orden sellada. Y ahora mismo no la tiene.

—Eso espero.

—No espere, titulo_casa. Prepárese.

Aveline asintió. La noche se cerró sobre Holt, fría y silenciosa, y las estrellas aparecieron una a una sobre los campos grises.

—¿Puedo hablar en privado, señora de la Casa?

Aveline salió al pasillo y dejó la puerta casi cerrada.

—¿Qué ocurre?

—Usted todavía conserva la carta a medio quemar.

No era una pregunta. Aveline sintió un nudo frío en el estómago.

—Llevo mis propios papeles, Oskar.

—Yo estuve presente en la pesquisa del Sello. La página desaparecida de Saltmere. El incendio que consumió la sala de archivos. Respondí preguntas sobre ambos asuntos.

Aveline no dijo nada. El frío del pasillo se le metía por debajo de la falda.

—Si esa página sale a la luz —continuó Oskar—, podría destruir al Archiduque. No políticamente. Por completo.

—Entonces debería haberme contado lo que sabe.

—No puede. —Oskar respiró con dificultad—. Le pido que deje de buscar.

—Y yo le pregunto por qué un mayordomo traería esa advertencia él solo.

Oskar miró por encima del hombro de Aveline, hacia la puerta.

—Porque él cargaría con el precio.

Aveline sostuvo la mirada.

—No voy a prometer que pararé.

—Sabía que no lo haría.

Oskar retrocedió. Abrió la boca un instante y volvió a cerrarla. Hizo una reverencia demasiado formal para un pasillo privado y se alejó hacia la escalera. Al tercer paso, sus botas ya no hacían ruido.

Aveline lo observó hasta que desapareció. Luego entró.

La habitación estaba en silencio. La vela se había apagado y solo quedaba una mecha roja y un hilo de humo. La cama de Liane estaba vacía, con la manta echada a un lado. La ventana del fondo seguía abierta un palmo. El aire frío cruzaba la estancia.

Aveline llegó hasta ella en tres zancadas. El pestillo estaba suelto. Bajo el alféizar, una marca suave rayaba la piedra.

La nota cifrada ya no estaba en la manga de Liane.

Aveline agarró la capa y echó a correr.

Bajó las escaleras sin cuidarse del ruido. Las antorchas temblaban en los muros. En el vestíbulo, dos criados se apartaron al verla pasar. Aveline no se detuvo a preguntar. Empujó la puerta lateral que daba al patio de servicio y salió a la noche.

La niebla se pegaba al empedrado. Las farolas del Torreón apenas abrían claros amarillos entre la bruma. Aveline se cubrió con la capa y avanzó junto al muro, atenta a cualquier sombra. La marca bajo la ventana era reciente. Liane no llevaba botas, o al menos no unas que dejaran huella profunda. Pero había un rastro.

Junto a la fuente, una mancha oscura. Aveline se agachó. Barro. Fresco. Alguien había pasado por allí con prisa y había resbalado en el borde. Siguió hacia el jardín bajo, donde los arbustos crecían sin podar desde hacía semanas.

—Liane —llamó en voz baja.

Nadie respondió.

Aveline apretó el paso. El sendero se estrechaba entre dos hileras de tejos. Las ramas le rozaban los hombros. Al final del jardín, la verja pequeña que daba al camino del río estaba entreabierta. Aveline la empujó con cuidado. El hierro gimió.

Fuera del Torreón, la niebla era más densa. El río se oía cerca, pero no se veía. Aveline caminó por el sendero de tierra, pendiente del sonido del agua y de cualquier respiración ajena. La capa se le enredaba en las piernas.

Entonces distinguió una figura junto al embarcadero viejo. Pequeña, encogida. Liane estaba sentada en los tablones, con los pies colgando sobre el agua. No llevaba zapatos. Tenía la nota arrugada en una mano.

—Liane.

La muchacha giró la cabeza. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba.

—No deberías estar aquí —dijo Aveline.

—No podía quedarme en esa habitación.

Aveline se acercó despacio y se sentó a su lado. Los tablones crujieron. El río olía a piedra mojada y a hojas podridas.

—Oskar ha venido a verme —dijo Aveline.

—Lo sé. Te ha pedido que dejes de buscar.

—¿Lo has oído?

—No hacía falta. Conozco esa cara. —Liane alisó la nota contra su muslo—. Él también tiene miedo.

Aveline miró el agua negra.

—¿Qué dice la nota?

—No la he descifrado entera. Solo algunas palabras. —Liane respiró hondo—. Habla del Rito. De la Aguja Negra. Y de un nombre: Veyne.

—¿Veyne?

—No sé qué significa. Pero aparece dos veces.

Aveline sintió que el frío le subía por la espalda.

—Dame la nota, Liane.

—No.

—No es segura.

—Nada es seguro. —Liane la miró—. Si me la quitas, no podrás leerla. Yo tengo la clave.

Aveline apretó los labios.

—¿Qué más has visto?

—Cifras. Fechas. La palabra Notario. Y algo sobre la Casa Bastión. —Liane bajó la voz—. Aveline, esto no es solo sobre Saltmere. Es más grande.

—Por eso Oskar quiere que pare.

—¿Y vas a parar?

Aveline no respondió de inmediato. El viento movió la niebla y por un instante se vio la silueta oscura del Torreón contra el cielo.

—No —dijo al fin—. Pero no volverás a salir sola.

Liane sonrió débilmente.

—No he ido tan lejos.

—Podrías haberte caído. Podrían haberte seguido.

—Nadie me ha seguido.

—No lo sabes.

Liane guardó la nota en el puño y se levantó. Los pies descalzos se le veían blancos contra la madera oscura.

—Entonces enséñame a defenderme.

Aveline se puso de pie.

—Primero volvemos. Hablaremos dentro.

—No quiero volver a esa habitación.

—Iremos a la mía.

Liane asintió. Caminaron juntas por el sendero. Aveline le pasó la capa por los hombros. Liane no protestó. La niebla se cerraba tras ellas como una puerta lenta.

Al cruzar la verja, Aveline se detuvo. Algo se movía entre los tejos. Una sombra alta, quieta, a unos veinte pasos. Aveline puso una mano en el brazo de Liane.

—No te separes de mí.

La sombra no avanzó. Aveline distinguió el brillo de una hebilla, el borde de una casaca oscura. Luego la figura dio un paso atrás y se desvaneció entre la bruma.

—¿Quién era? —susurró Liane.

—No lo sé.

Aveline la empujó suavemente hacia la puerta lateral. Entraron sin hacer ruido. El patio estaba vacío. Las farolas seguían encendidas, pero la niebla se colaba por encima de los muros.

Ya en el pasillo interior, Liane se giró.

—¿Me vas a quitar la nota ahora?

—No. —Aveline echó el cerrojo—. Pero la guardaremos juntas. Y mañana descifrarás el resto.

—¿Y si Oskar vuelve?

—Oskar ya ha dicho lo que tenía que decir.

Subieron las escaleras. En el rellano, Aveline miró atrás una vez más. El pasillo seguía vacío. Las antorchas ardían parejas. No se oía nada salvo el viento contra los postigos.

Dentro de la habitación de Aveline, Liane se sentó en el borde de la cama. Aveline encendió dos velas y corrió las cortinas. Luego se quitó la capa mojada y la colgó junto al fuego.

—Veyne —dijo Liane en voz baja—. ¿Te dice algo?

—No. Pero lo averiguaré.

—¿Por el Archivo?

—Quizá. O por el Notario.

Liane se quedó callada un momento.

—Aveline, si esto destruye al Archiduque, también nos destruirá a nosotras.

—No lo permitiré.

—No puedes prometer eso.

Aveline se volvió hacia ella.

—Puedo prometer que no me detendré hasta saber la verdad.

Liane la observó con una mezcla de miedo y confianza.

—Eso es lo que me da miedo.

Aveline se acercó y le apartó un mechón de la frente.

—Descansa. Mañana desciframos la nota entera.

Liane se tumbó sin soltar el puño. Aveline permaneció un rato sentada junto a la ventana, mirando la niebla. La sombra del jardín no volvió a aparecer. Pero ella sabía que seguía allí, al otro lado del muro, esperando.

El sueño tardó en llegar. Cuando por fin cerró los ojos, Aveline seguía viendo la silueta entre los tejos. Y en el silencio del Torreón, le pareció oír otra vez el crujido de los tablones del embarcadero.

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Juramentos de hieloEpisodio 2