Juramentos de hielo
Episodio 3
El pasillo inferior del Torreón Norte olía a piedra húmeda y a aceite de lámpara. Aveline caminaba deprisa, con la capa pesada por la escarcha y el aliento convertido en niebla. La nota cifrada que había visto desaparecer en la manga de Liane no le salía de la cabeza. El pestillo seguía suelto. Algo se movía bajo la superficie del Torreón y ella no pensaba esperar a que la aplastara.
La habitación de Liane había quedado asegurada. Dos vigilantes de Varenne montaban guardia junto a la puerta, y su hermana, pálida contra las mantas, no había dicho nada cuando le dieron la orden de no dejar pasar a nadie. Aveline ni siquiera se había quedado a escuchar la respuesta.
El corredor giró en ángulo cerrado y la escupió ante la puerta negra del estudio. No había centinelas. El picaporte de hierro le mordió la palma a través del guante.
Entró sin anunciarse.
Rian estaba al fondo, junto al escritorio, recortado contra la luz de nieve que entraba por la ventana. El abrigo le goteaba escarcha derretida. No levantó la vista. Sobre la mesa, un mapa abierto quedaba sujeto por pisapapeles de vidrio con forma de cráneos de lobo.
—Preparativos para la Escarcha —dijo Aveline—. A esta hora.
—Los preparativos no entienden de horas. —La voz de Rian sonó plana—. No debería estar aquí.
Aveline acortó la distancia. Oskar le había dicho que dejara de buscar. Luego Liane se había escabullido con una convocatoria que no quiso explicar. Y ahora el Archiduque estudiaba sus mapas como si el suelo del Torreón no se hubiera movido bajo sus pies.
—No debería estar en muchos sitios —replicó—. Pero la primera pista del Norte que me envió exigía esto.
Las puntas de plata del cuello de Rian atraparon la luz de las velas al levantar por fin la cabeza.
—Usted lo sabía —continuó Aveline—. Antes de que yo aceptara su contrato. Sabía adónde enviarme.
—La arrestaron en la caseta de guardia. —Rian pasó una página del mapa—. Yo conocía el registro. Nada más.
—Es una respuesta muy cuidadosa.
—Es la única que tengo.
Aveline sintió el pulso en la garganta, fuerte, imposible de ignorar. Odiaba esa sensación.
—El inventario de mis efectos. La forma en que impidió que Cora tocara mi capa. El registro. La consulta del Sello. Sabía que la carta existía.
Rian no respondió.
Un guardia pasó por el corredor. La luz de la antorcha se coló un instante bajo la puerta y desapareció. La nieve siseaba contra el vidrio de la ventana.
—¿Qué esperaba encontrar al enviarme a Saltmere? —preguntó Aveline—. ¿Un archivo? ¿Un cadáver? ¿O a alguien dispuesto a hablar de la Casa Veyne?
—Esperaba que volviera con vida. —Rian alisó el borde del mapa con dos dedos—. No era una certeza.
—No me trate como a una pieza de su Mesa.
—Todas las personas que cruzan el Bastión son piezas de la Mesa. Usted lo sabía antes de firmar.
Aveline plantó las manos sobre el escritorio. Los pesos de vidrio temblaron levemente.
—Liane recibió una convocatoria esta noche. No quiso decirme de quién. Poco antes, la vi esconder una nota cifrada en la manga. La misma nota que ahora no está por ninguna parte.
Rian la observó sin alterarse.
—¿Y cree que yo se la envié?
—Creo que usted sabe quién lo hizo.
—No lo sé.
—Entonces encuéntrelo. —Aveline no apartó las manos—. Usted controla cada entrada, cada sello, cada archivo del Torreón Norte. Si alguien movió un mensaje bajo sus narices, o lo sabe, o su Guardián no sirve para nada.
El silencio se estiró. Rian la miró con una calma que no parecía natural. Luego rodeó el escritorio y se detuvo a un paso de ella.
—¿Qué quiere, Casa Veyne?
—Quiero que deje de tratarme como si yo hubiera traído la tormenta. —Aveline sostuvo la mirada—. Usted me trajo a la Marca. Usted abrió la puerta. Y ahora mi hermana está en una habitación vigilada porque alguien la usó como mensajera.
—¿La usó? ¿O aceptó el mensaje?
Aveline apretó los dientes.
—Liane no es su enemiga.
—Tampoco es una niña. —Rian volvió al mapa—. Si recibió una convocatoria, sabrá por qué. Y si no se lo ha dicho, tal vez no confíe en usted tanto como cree.
Las palabras cayeron como una cuchilla. Aveline respiró hondo. No iba a darle el gusto de verla tambalearse.
—¿Dónde está Oskar? —preguntó.
—En la armería. Preparando las escoltas para la inspección del Muro.
—¿A esta hora?
—Ya se lo he dicho. Los preparativos no entienden de horas.
Aveline se apartó del escritorio. La estancia olía a tinta, a cuero mojado y a cera caliente. Las sombras se movían en los estantes como si estuvieran vivas.
—Encontraré la nota —dijo—. Y cuando lo haga, espero que recuerde de qué lado está.
—No tengo lados. Tengo un Imperio que mantener en pie.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo —repitió Rian.
Aveline giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—La próxima vez que alguien registre mis efectos, quiero ver la orden. Y quiero verla antes, no después.
Rian no contestó. Aveline salió al corredor y cerró la puerta con un golpe seco.
El pasillo estaba vacío. La antorcha más cercana parpadeaba en su soporte, y el aire frío se colaba por una rendija en la piedra. Aveline se quedó un momento inmóvil, escuchando. Nada. Solo el viento contra el Torreón y el eco lejano de botas sobre la nieve.
Comenzó a caminar. No iba a volver a la habitación de Liane. Todavía no. Si quería respuestas, necesitaba moverse antes de que el Torreón despertara del todo.
La armería estaba dos niveles más abajo, en el ala este. Para llegar debía cruzar el patio interior, donde la nieve se arremolinaba entre las columnas y los estandartes de la Casa Holt colgaban rígidos por la helada. Las antorchas del patio apenas alumbraban. Las sombras se alargaban sobre la piedra como dedos.
Aveline se ajustó la capa y avanzó con cuidado. El frío le calaba las botas. A mitad del patio, una figura se despegó de la oscuridad.
—Casa Veyne.
Era Oskar. Llevaba el abrigo cubierto de nieve y una linterna pequeña en la mano. Su rostro, marcado por el viento, no mostraba sorpresa.
—¿Qué hace aquí? —preguntó Aveline.
—Podría preguntarle lo mismo. —Oskar alzó la linterna—. La vi salir del estudio del Archiduque.
—¿Me seguía?
—La esperaba.
Aveline no se detuvo.
—¿Dónde está la escolta que debía preparar?
—Ya está formada. —Oskar se puso a su lado—. Pero usted no debería andar sola.
—No estoy sola. Usted está aquí.
—Porque la conozco. Y sé cuándo va a hacer algo estúpido.
Aveline dejó escapar una risa corta, sin humor.
—¿Como interrogar al Archiduque en su propio estudio?
—Como bajar a la armería sin avisar a su Guardián. —Oskar la miró de reojo—. ¿Qué busca?
—La nota cifrada de Liane. Y quién se la envió.
—¿Cree que está en la armería?
—Creo que todo mensaje deja un rastro. Alguien la escribió. Alguien la pagó. Alguien la entregó. Y los tres pasan por los registros del Torreón.
Oskar negó con la cabeza.
—Los registros no son públicos.
—Por eso voy a verlos.
—¿Y espera que el Notario se los muestre?
Aveline se detuvo frente a la puerta de la armería. La madera estaba reforzada con hierro y la escarcha cubría las bisagras.
—Espero que usted me ayude.
Oskar la observó en silencio. La luz de la linterna hacía brillar sus ojos.
—No me gusta esto —dijo al fin.
—A mí tampoco. Pero no voy a quedarme quieta mientras alguien usa a mi hermana.
—¿Y si Liane no fue usada? ¿Y si eligió?
Aveline desvió la mirada. Esa posibilidad era un veneno lento.
—Entonces lo sabré por ella. No por rumores.
Oskar asintió despacio. Luego empujó la puerta de la armería.
El interior olía a grasa, acero y cuero viejo. Las armas colgaban en hileras ordenadas a lo largo de las paredes. En el centro, varias mesas de trabajo sostenían hojas a medio afilar y piezas de armadura. Al fondo, una escalera estrecha bajaba hacia los almacenes.
—El archivo de la armería guarda los movimientos de mensajeros —dijo Oskar—. Pero no los originales.
—Con los movimientos basta.
—No lo crea. Si el mensaje llegó por vía interna, no figurará en ningún libro. Solo en la memoria del guardia que lo entregó.
—Entonces hablaremos con los guardias.
—¿A esta hora?
—Ya se lo he dicho. Las preguntas no entienden de horas.
Oskar soltó un suspiro que se convirtió en vaho.
—No quiero que esto acabe mal.
—Nadie quiere que acabe mal. —Aveline tomó una lámpara de la pared y la encendió—. Pero ya ha empezado.
Bajaron por la escalera estrecha. Los peldaños de piedra estaban desgastados en el centro y la humedad brillaba en las paredes. Al llegar abajo, un corredor largo se abrió ante ellos con puertas de madera a ambos lados. Al final, una sala pequeña hacía las veces de archivo.
Un hombre mayor estaba sentado junto a un brasero. Vestía el uniforme del Torreón y tenía las manos manchadas de tinta. Al verlos, se puso de pie.
—Excelencia. Casa Veyne. —Hizo una inclinación breve—. No esperaba visitas.
—Necesitamos ver el registro de mensajeros de esta noche —dijo Oskar.
—¿Motivo?
—Seguridad de la Casa Veyne —respondió Aveline.
El hombre los miró un instante. Luego se volvió hacia una estantería y sacó un libro grande, encuadernado en cuero.
—Aquí constan las entradas y salidas desde el anochecer. —Abrió el libro sobre una mesa—. Pero no hay mucho. La tormenta ha reducido los movimientos.
Aveline se inclinó sobre las páginas. Las columnas marcaban hora, nombre, destino y sello. Recorrió las líneas con el dedo.
—Aquí. —Se detuvo—. Una salida hacia Saltmere, hace dos horas. Sin nombre.
—Sin nombre no es posible —dijo Oskar.
—Pues está. —Aveline señaló la línea—. Un mensajero con capucha, sin identificación. Sello del Archivo.
El hombre mayor palideció.
—Eso no debería figurar así.
—¿Quién lo anotó?
—El guardia de la puerta este. Pero no dio el nombre porque no lo había. El mensajero llevaba una placa del Archivo y orden directa.
—¿Orden de quién?
—Del Notario.
Aveline y Oskar se miraron. El Notario era una figura escurridiza, leal al Sello y a los registros, pero rara vez daba órdenes fuera del Bastión.
—¿Y el mensajero volvió? —preguntó Aveline.
—Todavía no.
Aveline cerró el libro con cuidado.
—Dígame todo lo que recuerde de esa placa.
El hombre tragó saliva.
—Era de plata, con el sello del Archivo. Nada más.
—¿Alto? ¿Bajo? ¿Cómo caminaba?
—Alto, encapuchado. Caminaba con cojera, creo. O al menos cargaba el peso sobre un lado.
Aveline sintió un escalofrío. Una cojera. Eso era un detalle que podía buscar. En un Torreón lleno de guardias y sirvientes, alguien recordaría a un mensajero cojo.
—Gracias —dijo—. No mencione esta visita.
—No lo haré, Casa Veyne.
Subieron de nuevo a la armería. La tormenta arreciaba contra las ventanas. Oskar se quedó junto a la puerta, con el ceño fruncido.
—Un mensajero con placa del Archivo y orden del Notario. Eso es grave.
—O una mentira muy bien vestida.
—¿Y ahora?
Aveline se ajustó la capa.
—Ahora voy a ver a Cora. Si alguien sabe leer los sellos y las placas de este Torreón, es ella.
—¿A estas horas?
Aveline esbozó una sonrisa tensa.
—Las preguntas no entienden de horas, Oskar. Y los sellos tampoco.
—¿Enviaste la pista anónima? —preguntó Aveline en voz baja.
Hubo una pausa larga. Después:
—Tiene frío.
—Respóndame.
—Tiene frío —repitió él—. Puedo mandar traer un brasero.
—Un brasero. —Ella soltó una risa sin calor—. No se haga el anfitrión ahora.
Rian rodeó el escritorio con pasos lentos y calculados. La llama de la vela tembló cuando pasó junto a ella. Se detuvo a un brazo de distancia.
—El contrato la protege —dijo—. De Cora, de la capital. No me obliga a alimentar su investigación.
—Tampoco le obliga a enviarme pistas.
Ni siquiera parpadeó.
—Duquesa Veyne. Mi esposa. —La palabra cayó entre ambos como una puerta—. Vino aquí con una pregunta que no puede formular. No tengo nada más para usted.
Aveline sostuvo su mirada.
—Tiene mi nombre en la boca como un escudo. Eso no es una respuesta.
Un músculo se movió a lo largo de su mandíbula. La cicatriz de la escarcha parecía más oscura bajo aquella luz.
—Entonces no lo es.
El silencio se estiró, denso y agrio. En algún lugar arriba, el viento se apoyó contra el torreón y arrancó un gemido a las ventanas.
—Sabía que la nota cifrada llegaría a manos de Liane —dijo Aveline—. Sabía que alguien en Aguja Negra tiene el mismo dado que la carta. Lo sabía, y me dio lo justo para avanzar a trompicones mientras usted se escuda en el contrato.
—Me sobrestima.
—Dudo que eso sea posible.
La expresión de Rian no cambió, pero la llama junto a su mano enguantada parpadeó. Un hilo de humo empezó a elevarse del cuero.
Aveline se quedó muy quieta.
Era un humo tenue, una hebra oscura que nacía de la costura. Ya lo había visto una vez antes, el día del sellado.
—Su mano —dijo—. Arde cuando oculta algo.
—Una condición de la Casa. —La voz se le había vuelto fina—. Déjelo estar.
—No. —Ella dio un paso al frente—. Eso no es fuego del sello. Es verdad. La suya. Usted es el traidor de Saltmere.
No fue algo prudente de decir. Cruzó la habitación como una hoja, y el rostro de Rian se quebró.
No por miedo. Por algo más afilado.
—¿Cree que vendí la guardia? —Las palabras salieron bajas, casi un susurro—. ¿Cree que dejaría que el norte se partiera?
—Usted conocía el dado —insistió Aveline—. Envió la pista. Llevaba la misma marca en su libro de cuentas. Y ahora está aquí, diciéndome que no tiene nada para mí.
—Su excelencia.
La voz de Oskar sonó a sus espaldas, contenida, como si hubiese estado aguardando el momento exacto para interrumpir.
Rian dejó caer el mapa. El pergamino giró en el aire y aterrizó en el suelo con un golpe seco. En dos zancadas se plantó tan cerca de Aveline que ella pudo oler el cuero de su abrigo y el filo tenue de su piel.
—Está usted en mi casa —dijo él—. Bajo mi protección. ¿Y me acusa?
—Pues niéguelo.
—No voy a jugar a esto.
—Entonces es cierto.
El guante izquierdo de Rian comenzó a arder con más fuerza. Un humo denso y negro se alzó en el aire frío. Él retiró la mano de un tirón, y las llamas lamieron la costura del cuero.
—¿Quiere una confesión? —la voz se le quebró—. No la obtendrá de mí.
A Aveline se le cortó la respiración.
—Rian.
Fue la primera vez que usaba su nombre. No supo por qué le salió así, solo que la atravesó como una campana golpeada.
Él se estremeció, como si lo hubiera abofeteado.
Después cerró la distancia.
Durante un latido, Aveline vio la tormenta entera estallar tras sus ojos gris pálido: rabia y algo sin nombre. Rian alzó la mano derecha, la que no llevaba guante, y la curvó alrededor de su nuca. El contacto la quemó por dentro. Tiró de ella y la apretó contra su cuerpo.
El beso no fue un deber.
Fue una puerta arrancada de golpe.
El aire frío seguía entrando por la ventana, pero la boca de Rian era caliente y dura contra la suya. Aveline dejó escapar un sonido que no reconoció: mitad sorpresa, mitad respuesta. Sus manos se cerraron en la lana del abrigo de él. Sintió la pared sólida de su pecho, el pulso bajo la mandíbula, el modo en que la sostenía como si fuera lo único que no había planeado.
Y entonces la soltó.
Aveline retrocedió con un traspié, el aire afilado en los pulmones. El rostro de Rian se había cerrado por completo.
—No debería haber venido —dijo él, ronco.
Antes de que ella pudiera responder, la voz de Oskar llegó desde la puerta.
—Su excelencia.
El mayordomo estaba en el umbral, pálido, las llaves aún colgadas del cinturón.
—La guardia del Torreón del Norte ha enviado aviso. La línea de escarcha se ha desplazado.
Rian se volvió hacia él, ocultando el guante quemado a la espalda.
—Entonces iré.
No miró a Aveline.
—Oskar. Acompañe a la duquesa fuera de mi estudio.
—Mi señor —dijo Oskar con cuidado—. Si hago eso, lo dejaré solo ante el muro.
—Acompáñela.
La palabra cayó como hierro.
Rian pasó junto a Oskar y salió, dejando tras de sí olor a humo y a nieve.
—No pienso quedarme aquí de brazos cruzados mientras el Guardián decide por todos —dijo Oskar.
Aveline se quedó clavada en el suelo de piedra. Aún le ardía la boca. Los dedos le dolían de la fuerza con que había aferrado el abrigo del Norte. La habitación entera parecía inclinarse en los bordes.
Oskar carraspeó.
—Debo escoltarla.
—Entonces espera fuera. —Su voz sonó más firme de lo que tenía derecho a exigir—. Saldré en un momento.
—No puedo hacerlo.
—Pues quédate ahí mientras recupero la compostura.
Oskar guardó silencio un instante largo. Luego retrocedió hacia el pasillo, con el rostro apartado por pura cortesía.
Aveline se acercó al escritorio. El mapa seguía donde había caído. La tinta se había corrido sobre los puntos de anclaje del norte. La silla de Rian estaba vacía; el cuero conservaba todavía el calor de su cuerpo.
No se permitió pensar. Las manos se le movían ya solas, rápidas y precisas entre los papeles. Los sellos del Lobo, las cartas de Escarcha, un pliego doblado con la marca notarial de Cora. Y debajo de todo, una caja pequeña de hierro oscuro.
Levantó la tapa.
Dentro había una sola tira de pergamino, doblada una vez. La tinta era la misma de la nota que había llegado al norte. La misma letra breve y exacta.
Aveline la acercó a la luz de las velas.
El papel contenía tres palabras, nada más: El heredero Veyne sobrevive.
Anónimo. Sin enviar. Pero conocía aquella frase. La había leído en una posada del norte, con la mano de Liane sobre su brazo y la tinta aún fresca en la bolsa del mensajero.
Una risa le subió a la garganta y se la tragó.
La había enviado al norte. Rian le había dado la primera pista.
Cerró los dedos en torno a la nota. La carta a medio quemar se agitó contra su pecho, como si respondiera.
Las pisadas de Oskar regresaron.
—Duquesa.
—Entra —dijo ella sin girarse—. Supongo que sabes lo que es esto.
Él dio un paso adentro y vio el papel en su mano. El rostro se le quedó muy quieto.
—Sí.
—Entonces dime por qué. —La voz de Aveline era fría—. O buscaré la respuesta yo misma en el Archivo del Sello.
Oskar tomó aire con lentitud. Lo soltó como un hombre que desangra un secreto.
—Porque esa nota —dijo— es la única razón por la que sigue viva para estar en esta habitación.
Aveline se giró.
—La envió contra el consejo de la mitad de su consejo —continuó Oskar—. Le costó tres mensajeros y una semana de silencio desde la capital.
Aveline no respondió de inmediato. Miró la caja de hierro, la tapa abierta, el forro de terciopelo desgastado en el fondo. Luego alzó la vista hacia Oskar.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque yo mismo quemé las copias restantes.
El silencio se estiró entre ambos. Desde el pasillo llegaba el rumor lejano de la guarnición, el golpe metálico de una puerta al cerrarse.
—Quemaste las copias —repitió Aveline—. Pero no esta.
—No.
—¿Por qué conservarla?
Oskar sostuvo su mirada. Tenía los hombros rígidos, la mandíbula apretada.
—Porque el Norte no olvida a los suyos. Y porque si algo le pasaba a usted, alguien debía saber que no fue un accidente.
Aveline dobló la nota con cuidado y la guardó en la caja. Cerró la tapa con un chasquido suave.
—¿Quién más lo sabe?
—Nadie vivo. Salvo yo. Y ahora usted.
—¿Y Liane?
—La señorita Vane sospecha —dijo Oskar—. Pero nunca lo ha confirmado.
Aveline asintió despacio. La carta quemada seguía tibia contra su piel. Rian le había tendido un hilo desde la capital, mucho antes de que ella supiera que debía seguirlo.
—Necesito ver el Archivo del Sello —dijo.
—No puedo autorizarlo.
—No te lo estoy pidiendo.
Oskar frunció el ceño.
—Duquesa, si entra sin permiso del Guardián, será considerado traición.
—Entonces acompáñame —dijo ella—. Y que sea testigo de lo que encuentre.
—¿Y si no encuentro nada que le convenga?
Aveline esbozó una sonrisa sin calor.
—Entonces tendrás que decidir de qué lado estás, Oskar.
El hombre no respondió. Se quedó junto a la puerta, con la mano apoyada en el marco, como si sopesara el peso de una orden que nadie le había dado.
—Hay una puerta trasera en la sala de registros —dijo al fin—. El turno de guardia cambia al toque de la campana baja.
—¿Cuánto tenemos?
—Una hora. Quizá menos.
Aveline tomó la caja de hierro y la deslizó bajo el cinturón, oculta por el borde del abrigo.
—Entonces no perdamos tiempo.
Salieron al pasillo. Las antorchas ardían en intervalos regulares, y el humo se enroscaba contra las bóvedas de piedra. Oskar caminaba un paso por delante, marcando el ritmo, con la mano en la empuñadura.
Bajaron por una escalera estrecha que olía a cera y a humedad. Los muros se volvieron más toscos, sin tapices ni estandartes. Aveline contaba los giros en silencio: izquierda, derecha, otra izquierda.
—Por aquí —murmuró Oskar.
Se detuvieron ante una puerta baja de madera reforzada. Oskar la empujó con el hombro y cedió con un gemido.
Dentro, la sala de registros era un bosque de estanterías. Legajos, rollos y libros encuadernados en cuero se alineaban hasta el techo. El polvo flotaba en los haces de luz que filtraban las troneras.
—La puerta trasera está al fondo —dijo Oskar—. Detrás de la cortina.
Aveline avanzó entre las estanterías. Las etiquetas colgaban de los anaqueles con fechas y regiones: Marca del Oeste, Varenne, Saltmere, Aguja Negra. Al final, una cortina de lona ocultaba una puerta angosta.
—¿Y el archivo? —preguntó.
—Al otro lado del pasillo. La puerta tiene el sello del Imperio.
Aveline apartó la cortina. La puerta trasera estaba cerrada con un cerrojo simple. Lo descorrió y se asomó a un corredor oscuro.
—Espera —dijo Oskar.
Ella se giró.
—Si alguien nos detiene —continuó él—, diga que yo la obligué a acompañarme.
—No mentiré por ti.
—No se lo pido por mí. Se lo pido por la Casa.
Aveline lo miró un instante. Luego asintió.
—Está bien.
Cruzaron el corredor. Al final, una puerta de roble con el sello imperial grabado en la madera. Oskar se detuvo ante ella.
—No tengo llave.
—Yo tampoco —dijo Aveline.
—Entonces, ¿cómo piensa abrirla?
Aveline sacó la caja de hierro y la abrió. La nota seguía dentro, doblada. La retiró con cuidado y pasó los dedos por el fondo del forro.
—Rian no guarda las cosas por casualidad —murmuró.
El terciopelo cedió bajo la presión. Había una costura rota en la esquina. Tiró de ella y apareció una llave pequeña, de hierro ennegrecido, atada con un hilo de cuero.
Oskar la observó sin decir nada.
Aveline introdujo la llave en la cerradura. Giró una vez. El mecanismo cedió con un clic seco.
La puerta del Archivo del Sello se abrió.
Dentro, el aire era frío y olía a papel viejo y a tinta seca. Las estanterías formaban calles estrechas que se perdían en la penumbra. En el centro, una mesa larga de piedra sostenía varios candelabros apagados.
Oskar encendió uno con el eslabón que llevaba al cinto. La luz tembló y proyectó sombras alargadas sobre los muros.
—¿Qué buscamos? —preguntó.
—El registro de la Casa Veyne —dijo Aveline—. Y cualquier documento con el sello del Archiduque.
Oskar se movió hacia la sección de genealogías. Aveline fue hacia los registros notariales. Los rótulos indicaban años y reinados, algunos ilegibles por el moho.
Pasaron varios minutos en silencio. Las páginas crujían bajo sus dedos. El polvo se les pegaba a la ropa.
—Aquí hay algo —dijo Oskar.
Aveline se acercó. Tenía un legajo abierto sobre la mesa. En la primera página, el escudo de la Casa Veyne, descolorido. Debajo, una lista de nombres, fechas y anotaciones al margen.
—Es el registro de sucesión —dijo ella.
Recorrió las líneas con el dedo. La tinta era antigua, pero clara. Al llegar al final, se detuvo.
—Aquí está —murmuró—. El heredero Veyne. Fecha de nacimiento. Sello del Notario.
Oskar se inclinó sobre el documento.
—¿Y qué dice?
Aveline no respondió de inmediato. Leyó dos veces la anotación final. Luego alzó la vista.
—Dice que el heredero fue declarado muerto al nacer. —Hizo una pausa—. Y que el certificado fue firmado por el Notario Kell.
Oskar se enderezó.
—Eso es imposible. Kell era notario de la Casa Veyne, pero murió hace veinte años.
—Lo sé —dijo Aveline—. Por eso mismo.
Pasó la página. Había una nota suelta, doblada en tres partes, con el sello de cera rota.
La abrió.
Era una carta breve, dirigida a la Casa Veyne. La firma era del Notario Kell. La fecha, veintidós años atrás.
Aveline leyó en voz alta:
—«El niño fue entregado a la Casa Veyne al amanecer del tercer día. No se registró nombre. La madre no sobrevivió al parto.»
Se detuvo.
—Al margen hay una anotación posterior —continuó—. «El heredero fue trasladado al norte por orden del Archiduque. Que el Sello guarde silencio.»
Oskar se pasó una mano por la cara.
—Eso significa que el heredero Veyne no murió.
—No —dijo Aveline—. Significa que alguien lo ocultó.
—¿Quién?
Aveline dobló la carta con cuidado.
—El Archiduque. O alguien con acceso a su sello.
Guardó el documento junto a la nota de Rian. Luego levantó la vela y miró a Oskar.
—¿Qué sabes del Rito de Saltmere?
Oskar palideció.
—Es un rito de paso del norte. Antiguo. Casi olvidado.
—¿Y qué tiene que ver con la Casa Veyne?
—Nada. —Oskar negó con la cabeza—. El Rito es para los hijos bastardos de la nobleza. Para los que no tienen nombre ni herencia.
Aveline sintió un escalofrío.
—¿Y si el heredero Veyne fue entregado al Rito?
—Entonces no es un heredero —dijo Oskar—. Es un sacrificio.
El silencio cayó sobre la sala. La llama de la vela chisporroteó.
—Necesito ver los registros del Rito —dijo Aveline.
—No están aquí. Los guarda la Casa Holt, en el Torreón de Escarcha.
—¿Y cómo lo sabes?
Oskar bajó la vista.
—Porque yo fui uno de los niños que se salvaron.
Aveline lo miró fijamente.
—¿Qué quieres decir?
—El Rito no siempre termina en muerte. A veces dejan vivir a uno. Como recordatorio.
—¿Y a ti te dejaron vivir?
—Sí. Pero no recuerdo nada. Solo el frío. Y una voz que repetía mi nombre.
Aveline se acercó un paso.
—¿Tu nombre era Oskar?
—No. —Él alzó la vista—. Me lo dieron después. Cuando me recogieron en la frontera.
Aveline sintió que el aire se le escapaba.
—¿Y cuál era tu nombre?
Oskar la sostuvo con la mirada.
—No lo sé. Pero a veces sueño con una mujer que me llama Veyne.
El candelabro tembló en la mano de Aveline. La sombra de Oskar se alargó sobre la mesa de piedra.
—¿Por qué no lo has dicho antes? —preguntó ella.
—Porque no hay pruebas. Solo sueños.
—Ahora hay una nota. Y un certificado falso.
—No es suficiente.
—Es un comienzo.
Oskar se apartó de la mesa. Su respiración era pesada.
—No puedo ser el heredero Veyne —dijo—. No quiero serlo.
—Eso no cambia lo que eres.
—No sé lo que soy.
Aveline dejó la vela sobre la mesa. La luz se estabilizó.
—Entonces lo averiguaremos juntos —dijo—. Pero primero hay que salir de aquí.
Oskar asintió. Recogió el candelabro y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Duquesa.
—¿Sí?
—Si lo que dice ese documento es cierto, entonces el Archiduque no solo ocultó al heredero. Lo convirtió en otra cosa.
—Lo sé.
—¿Y aun así piensa seguir?
Aveline lo miró por encima del hombro.
—Ahora más que nunca.
Salieron del Archivo del Sello. Oskar cerró la puerta con la llave y la devolvió a la caja de hierro. El pasillo seguía a oscuras. Las antorchas de la sala de registros parpadeaban al fondo.
—La campana baja sonará pronto —dijo Oskar.
—Entonces date prisa.
Cruzaron el corredor y volvieron a la sala de registros. La cortina se cerró tras ellos con un susurro. Aveline ocultó la caja bajo el abrigo.
—Hay algo más —dijo Oskar—. En la nota de Rian no solo se habla del heredero.
Aveline se detuvo.
—¿Qué quieres decir?
—La frase. «El heredero Veyne sobrevive.» No es una afirmación. Es una advertencia.
—¿Una advertencia contra quién?
—Contra los que lo dieron por muerto.
Aveline sintió el peso de la carta quemada contra el pecho.
—Entonces no estamos solos en esto.
—No. Pero tampoco estamos a salvo.
La campana baja sonó a lo lejos, grave y lenta. Oskar se puso en marcha.
—Por aquí, antes de que cambie la guardia.
Salieron de la sala de registros y subieron por la escalera estrecha. Los muros de piedra se estrechaban a su alrededor. Aveline contaba los pasos en silencio, atenta al eco de las botas.
Al llegar al pasillo principal, Oskar se detuvo.
—Yo iré primero. Si hay alguien, diga que la encontré de camino a sus aposentos.
—¿Y si no te creen?
—Entonces tendré que luchar.
Aveline asintió.
—Espero que no llegue a eso.
—Yo también.
Oskar avanzó por el pasillo. Aveline lo siguió a unos pasos. Las antorchas ardían en sus soportes, y el humo dibujaba espirales contra la piedra.
Al doblar una esquina, una figura apareció ante ellos.
Era Liane.
—Aveline —dijo—. Te he estado buscando.
Oskar se detuvo en seco. Aveline dio un paso al frente.
—Liane. ¿Qué haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo. —Liane miró a Oskar—. Y a ti.
—La escoltaba a sus aposentos —dijo Oskar.
—No mientas. Vienes de la sala de registros. Tienes polvo en las botas.
Oskar bajó la vista. Las botas estaban cubiertas de un polvo gris y fino.
Liane se cruzó de brazos.
—¿Qué habéis encontrado?
Aveline dudó un instante. Luego habló.
—Algo que no debería existir.
—¿Y qué es?
—La prueba de que el heredero Veyne no murió.
Liane palideció.
—Eso no es posible.
—Lo es. Y Rian lo sabía.
Liane se apoyó contra el muro. La luz de las antorchas le daba en la cara, marcando las ojeras.
—¿Dónde está esa prueba?
—Conmigo.
—Déjame verla.
Aveline negó con la cabeza.
—Aquí no. Podrían vernos.
—Entonces vamos a mi habitación.
—No. Debemos separarnos. Si nos descubren juntos, será peor.
Liane la miró con intensidad.
—¿Confías en mí?
—Sí.
—Entonces dime al menos una cosa. ¿Quién es el heredero?
Aveline sostuvo su mirada.
—Aún no lo sabemos con certeza.
—Pero tenéis una sospecha.
—Sí.
Liane esperó. Aveline no añadió nada. Oskar permanecía inmóvil, con la mano en la empuñadura.
—Está bien —dijo Liane al fin—. No preguntaré más. Pero ten cuidado. El Guardián ya ha ordenado cerrar las puertas del Torreón.
—¿Por qué?
—Porque ha desaparecido un mensajero del Norte. Y creen que hay un espía entre nosotros.
Aveline sintió un vuelco en el estómago.
—¿Un espía?
—Eso dicen. Y el Guardián no es hombre de medias tintas.
Oskar maldijo entre dientes.
—Tenemos que movernos —dijo.
Liane asintió.
—Yo iré por el ala este. Nos veremos mañana, en la capilla.
—Cuídate —dijo Aveline.
—Tú también.
Liane se alejó por el pasillo. Sus pasos resonaron hasta desvanecerse.
Oskar se giró hacia Aveline.
—Si cierran las puertas, no podremos salir.
—Entonces tendremos que encontrar otra salida.
—¿Y si no la hay?
Aveline lo miró con firmeza.
—Siempre hay una salida. Solo hay que saber dónde buscar.
Siguieron por el pasillo principal. Al llegar a la puerta de los aposentos de Aveline, Oskar se detuvo.
—No duerma con la puerta sin cerrar.
—No lo haré.
—Y no hable con nadie de lo que hemos visto.
—Solo con Liane.
—Ni siquiera con ella. Aún no.
Aveline lo observó.
—¿Desconfías de Liane?
—Desconfío de todos.
—Es un modo triste de vivir.
—Es el único que me ha mantenido con vida.
Aveline abrió la puerta. Antes de entrar, se giró.
—Oskar.
—¿Excelencia?
—Gracias.
Él asintió una vez, sin palabras. Luego se alejó por el pasillo, y su sombra se perdió entre las antorchas.
Aveline entró en la habitación y cerró con llave. Se sentó al borde de la cama, con la caja de hierro sobre las rodillas.
La abrió. La llave seguía atada al forro. La nota de Rian, doblada. Y la carta de Kell, con su sello roto.
Las extendió sobre la colcha. A la luz de la vela, las tres palabras de Rian parecían latir: El heredero Veyne sobrevive.
Aveline se llevó una mano al pecho. La carta a medio quemar crujió bajo la tela.
—Lo siento, Rian —murmuró—. No pude esperar.
El viento golpeó la ventana. Una ráfaga fría se coló por las rendijas y apagó la vela.
En la oscuridad, Aveline oyó un golpe suave en la puerta.
No era Oskar. Era demasiado leve, demasiado pausado.
Se levantó sin hacer ruido. Tomó el atizador de la chimenea y se acercó a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó en voz baja.
Nadie respondió.
El golpe se repitió, esta vez más cerca del suelo.
Aveline entreabrió la puerta.
No había nadie.
Solo un sobre de papel grueso en el umbral, sellado con cera negra.
Se agachó a recogerlo. Al enderezarse, vio una figura al final del pasillo, inmóvil junto a la última antorcha.
No podía distinguir el rostro. Solo la silueta, alta y envuelta en una capa oscura.
La figura levantó una mano. Un gesto breve, casi un saludo.
Luego se desvaneció en la sombra.
Aveline cerró la puerta y encendió de nuevo la vela. Rompió el sello del sobre.
Dentro había una sola línea, escrita con la misma letra de la nota de Rian:
No confíes en el Guardián de Escarcha.
—¿Y por qué no me lo ha dicho él mismo?
—No puede —Oskar desvió la mirada hacia el papel—. No sin abrir una brecha en su propio juramento. El contrato solo la protege a usted. A él no lo libera.
—Entonces, ¿cuál es la página que falta? —preguntó Aveline—. Oskar, ¿qué contiene?
El mayordomo vaciló. Miró más allá de ella, hacia el mapa extendido en el suelo, y luego volvió a la nota. Su boca se tensó en una línea fina y descontenta.
—El Rito de la Escarcha —dijo en voz baja—. La cláusula más antigua. Solo un rito pronunciado libremente mantendrá la barrera.
Las palabras cayeron y se quedaron.
—Pronunciado libremente —repitió Aveline.
—No forzado. No ofrecido como trueque. No ejecutado bajo un nombre sellado —la mirada de Oskar era ahora firme, y cansada—. Si realiza el Rito sin libre voluntad, la barrera caerá.
—Usted lo ha sabido desde el principio.
—Lo hemos sabido —dijo Oskar—. Y nunca hemos podido decírselo.
—Porque habría huido.
—Porque habría rechazado el contrato por la razón equivocada —se enderezó—. O por la correcta.
Aveline giró la nota entre los dedos. Aún podía sentir el eco de la boca de Rian sobre la suya. El ardor donde su mano le había sostenido el cuello.
—Me envió al norte —dijo—. Dos veces. Tres veces —la verdad se le asentó como hierro frío—. Y ahora el sello del traidor sigue sin respuesta.
—Por eso sigue intentando ganarle tiempo —Oskar dudó y luego añadió—: Y por eso debo ir tras él antes de que alcance la muralla solo.
—Vaya —Aveline no levantó la vista—. No lo detendré.
Oskar se inclinó, otra vez demasiado formal, y salió. Sus botas no hicieron ruido hasta el tercer paso.
Luego, silencio.
Aveline quedó sola en el estudio con la nota en la mano. A través de la ventana, la nieve había empezado a caer con fuerza sobre la Aguja Negra, y en la oscuridad lejana, más allá del torreón, la línea de escarcha ardía blanca en el borde del mundo.